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02 septiembre, 2010

LA BATALLA DE ALALIA, parte I

LA BATALLA DE ALALIA, parte I: "


Cuentan las fuentes de las que disponemos que, allá por el año 537 a. C., una flota combinada de cartagineses y etruscos se enfrentó a los griegos focenses. El resultado de la misma fue una victoria por la mínima de los griegos, tan escasa que tuvieron que abandonar sus proyectos expansionistas —propiamente, comerciales— en el Mediterráneo occidental. Pero da la casualidad de que todas estas fuentes referidas son griegas y hay algo que no nos cuadra. Blogs con Historia investigó el caso:


Nos ponemos cómodos y viajamos en el tiempo.



Pentecóntera.


Vamos a bordo de una pentecóntera focense, esto es: un barco de unos venticinco metros de longitud con cincuenta remeros. Nos acompañan algunas primitivas y, pese a todo, impresionantes trirremes. Son pocas, menos de las necesarias, pero son todavía muy caras —en material y en personal— de equipar. Nos toca remar, arriba solo hay gente para maniobrar las velas y guiar la nave. No es el caso de las trirremes, que cuentan con una pequeña, aunque feroz, fuerza de infantería para los desembarcos y eventuales asaltos.


Pero antes de intentar contar la batalla no nos vendría nada mal explicar unas cuantas cosas.


Estamos en pleno Siglo VI a. C., en el Mediterráneo occidental. Los focenses, debido a la presión de los lidios, han fundado una de sus principales apoikiai («casas lejanas») llamada Alalia al este de Córcega. Focea, la ciudad madre, es una ciudad situada en Asia Menor, a escasos kilómetros al noroeste de Esmirna. Pero ya estaban aquí antes, traficando desde Ampurias o Massalia. Mas ahora han colapsado los recursos y esquilmado las reservas de la zona pues, por si fueran pocos, están llegando nuevas oleadas de refugiados, de épecos, esta vez por culpa de los persas que han devorado a los lidios y amenazan hacerlo con toda Jonia. La figura de Ciro se extiende, y los foceos, peligrosamente para sus vecinos, se están tornando más agresivos, rayando incluso la piratería.


Hasta entonces el equilibrio en la zona había sido ejemplar. La colonia fenicia de Cartago había ido cogiendo peso, hasta lograr independizarse de la metrópoli, de Tiro, heredando todos sus puestos comerciales en occidente precisamente por similares presiones por las que aumentó el número de griegos en la zona, solo que en este caso se debió a asirios y neobabilonios. Para ellos el comercio con el mineral de plata conseguido en el sur de Iberia era fundamental, así como otros productos salidos de sus factorías como la salazón de diversos pescados muy apreciados. Etruria, por su parte, controlaba el paso del comercio centroeuropeo hacia esta parte del Mediterráneo. Los griegos habían aportado productos manufacturados y cerámica de lujo. Todos estos productos convivían en todas las colonias, ya fueran púnicas, etruscas o griegas.



Mapa de la colonización griega.


En el siglo anterior, en definitiva, los focenses se habían instalado en las diversas apoikiai que iban creando. Massalia y posteriormente Ampurias daban fe de ello. La necesidad de los griegos de buscar otras zonas en donde asentarse se debió a varias circunstancias. Cabe decir, a modo de resumen, que estas fueron principalmente dos: los aristoi griegos centralizaron todo su poder agrario y militar en torno a la polis, en un fenómeno denominado sinecismo. La opresión de la que fueron objeto entonces los pequeños terratenientes o arrendatarios fue muy fuerte. Esto también conllevó el aumento de poder de los basileîs («élite aristócrata»), los cuales tuvieron las manos libres para enriquecerse aún más mediante el comercio. Todo esto derivó en otro fenómeno, la stasis, que en definitiva es una lucha interna formada por los distintos estamentos de la sociedad que cambiaron su actitud respecto a la propiedad del suelo. Este es el caldo de cultivo para que los aristoi modificaran las reglas del juego, haciéndolas más flexibles, o para el surgimiento de los tyrannoi («tiranos»). Pero lo que nos compete ahora es la colonización —este termino es vago ya que no se trata exactamente de colonias, pues las ciudades fundadas actuaban de forma independiente—, motivada principalmente por dos de estas causas, unidas a una crisis en el concepto de la familia. Cuando sobreviene la stasis, muchos griegos buscan otras tierras donde poder desarrollar su economía, eminentemente agraria, bien porque la polis se haya quedado pequeña, bien porque las reglas de el juego hayan cambiado —o bien por cuestiones políticas—. El otro motivo aludido es la aspiración de los aristoi de comerciar gracias a los excedentes humanos. Esta, pues, es netamente comercial.


El caso es que el equilibrio en el Mediterráneo se debió resentir, y mucho, por los acontecimientos ocurridos en Oriente en el Siglo VI a. C., pero de eso vamos a hablar ahora.


Desde mi puesto podía saborear el salado sabor del mar y de mi sudor. Mover un remo no es tarea fácil, pero mucho menos lo era el seguir a mis compañeros en ese afán. ¿Qué nos esperaría en la inminente batalla? No lo sabía, no tenía ni la más remota idea. Y eso que contaba con la ventaja de haber leído a Herodoto, a Avieno y a Plinio, a Blázquez y Morel, a Quesada y García y Bellido.


Desde el puente de proa sonaba la dulce música de la flauta emitida por el keleustés alentándonos en nuestro cometido que no era otro que remar al compás del instrumento. La velocidad que alcanzaba este barco ayudado del viento era considerable. El mástil se podía izar cuando convenía, retirándose cuando se considerase oportuno y quedando en cubierta, entre las filas de los remeros. Ante un encuentro como el que se avecinaba, la prudencia aconsejaba retirarlo. Así, únicamente con la fuerza de nuestros brazos y gracias a la pericia del equipo al completo, la nave avanzaba. Eso sí, ahorrando fuerzas para los seguros abordajes.


La flota se componía de sesenta y cuatro naves, cincuenta y cuatro de ellas eran pentecónteras, tres trieres y siete birremes. La mayoría de los barcos contaban con un puente, y en tres de las birremes había un castillo en proa. Casi todas ellas disponían, a su vez, de un agudo espolón, por si antes de los desembarcos y abordajes fuese posible el hundimiento del enemigo sin llegar a la confrontación con las espadas.


La tripulación, en su mayoría, estaba compuesta por thetes, esto es: hombres libres asalariados para tal fin, griegos, por otra parte, que carecían de tierras. En las trieres navegaban los epibates, hoplitas dispuestos para el abordaje o para la defensa de la nave.


En las tabernas del puerto, previo embarque, había yo tramado amistad con algún que otro compañero. Los thranitai, o remeros, se denominaban «compañeros». Todos se mostraban confiados en su habilidad en el mar. Me explicaron que en esta expedición no haría falta contar con ninguno de los mercenarios de los que habitualmente se alimenta la marina. Eran tantos los focenses llegados recientemente de Asia que la flota iba a contar con lo más selecto de toda Jonia, o al menos así lo creían ellos. Confiaban sobre todo en su abordaje, en el uno contra uno y en su superioridad táctica [1]. Despreciaban la supuesta ventaja numérica con la que etruscos y cartagineses parecían contar. Decían que su número doblaba al nuestro, pero que lo tendrían que cuatriplicar si querían echarles de esas aguas. Se jactaban de que con sus rápidos bajeles iban a capturar la mayoría de la escuadra enemiga, formada, al parecer, por lentas pero maniobrables birremes. Proclamaban encendidos que en el abordaje eran únicos. Si alguien esperaba ver una flota de ligeros hippoi [2] enfrente se equivocaba.


En el puerto estuve largo tiempo admirando las embarcaciones. Las pentecónteras venían a tener una eslora que oscilaba en su línea de flotación entre los veinticinco metros y los treinta [3]. Una fila de veinticinco remos -las alas de las naves, como cantara el poeta- se alineaba a cada lado, apoyados en chumaceras forradas de bronce, en la regala de cubierta. Las proas acababan, en su mayoría, con un espolón en su línea de flotación. Gran parte de estos espolones estaban bellamente adornados, y sus formas variaban. De los oblicuos ojos pintados en la proa partían amarres diversos y el ancla. Las popas, bellas y curvas, disponían de dos timones. Allá se dispondría el Kybernetes, el piloto que rige la gobernácula. Eran barcos muy bellos y estilizados.



Birreme griega.


Los birremes, por el contrario, me parecían mazacotes de madera. Su eslora era menor, apenas sobrepasaba los veinte metros a simple vista, mientras que la manga era la misma que en la pentecóntera, poco más de tres metros. En el casco se habían abierto gateras de las que asomaba otra fila de remos. Así, a la orden de remos de la regala se le unía otra inferior, más paralela al agua y, por lo cual, más efectiva. Se las intuía mucho más manejables que las pentecónteras, y con una mayor aceleración, pero su comportamiento en el agua debía de ser más lento a la larga, pues el calado medio aumentaba así como su centro de gravedad.


Las trieres eran considerablemente mayores, tanto en eslora como en manga como en calado. Estéticamente eran irreprochables, tan estilizadas como las pentecónteras y más impresionantes aún que las birremes. No obstante había que mejorar su maniobrabilidad, pues, al contar con tres filas de remeros superpuestas, requerían palas de distintos tamaños [4]. Por lo cual el esfuerzo de «los compañeros» debía ser mayor y su sincronización perfecta. Una de las trirremes contaba con un impresionante castillo en proa, dispuesto para parapetar a la infantería en un hipotético asalto.


En estos recuerdos estaba yo cuando los primeros gritos de avistamiento de la flota enemiga se produjeron en cubierta. Apenas habíamos dejado el puerto y la batalla se aprestaba en iniciar su marina acometida. Los navarcas de los barcos se apresuraron en formar la flota.


Todos «los compañeros» aflojamos las correas de cuero que nos mantenían firmes a los toletes. Eché una furtiva mirada a mis armas, ¿las tendría que utilizar? Deseché esa idea, ahora nos teníamos que concentrar en remar y maniobrar. En esquivar y embestir. Y en acercarnos para abordar y teñir de púrpura las cubiertas enemigas.


A la salada sensación del mar y del sudor tuve que añadir el sabor dulce de la sangre. En el caos de la batalla mi nave sobrevivió; esos hechos son los que confusamente, como cualquier pelea, narro a continuación.


Los bajeles distaban los unos con los otros en algo más de un pletro [5] y formaban un solo frente convexo. Este espacio parecía suficiente para que las naves pudieran maniobrar. Todas la indicaciones para la estrategia de la batalla se habían tomado en una previa reunión de los navarcas. Si mis ojos no me engañaban, las embarcaciones más pesadas y potentes se habían dispuesto en el centro, mientras que las pentecónteras se distribuían en los laterales.


Desde mi posición trasera no acertaba a divisar aún a la flota enemiga. Pero que estaba frente nuestra era evidente, pues no tardamos en recibir la orden de acelerar la marcha con la mayor de nuestras energías. Más tarde supe que la flota combinada de cartagineses y etruscos esperaba nuestra acometida de la siguiente manera: dispusieron dos líneas con una separación entre barcos mayor a la nuestra. Con esto evitaban que desde el principio nuestros navíos pudieran sobrepasar por los costados su frente. Esto era, en todo caso, insustancial, pues era el centro lo que más se tendía a proteger. Allí colocaron sus mejores galeras, las birremes más duras fabricadas con la resistente madera de cedro que exportaban de la tierra de sus antecesores. El resto de birremes fenicias se repartían a lo largo de su primera línea, así como la docena de este mismo tipo de barco etrusco. En la retaguardia aguardaban pacientes el resto de la flota tirrénica formada por pentecónteras y unos cuantos hippoi fenicios.



Birreme fenicia.


Cuando sentimos el primer contacto todos nos abalanzamos hacia el frente. La violencia con que se produjo el choque fue tal que, de no haber estado predispuesto a ella, hubiese salido despedido hacia la proa de mi nave. Pese a todo, el remo me golpeo el pecho y las correas de cuero que sujetaban mis muñecas me hirieron sin misericordia. Sin tiempo para lamentarme recibimos la orden de remar con todas nuestras fuerzas para desprender nuestro espolón del casco de la nave que habíamos atravesado, ya que el golpe nos había hecho virar lo suficiente como para exponer nuestro costado de babor a las naves enemigas. Dimos todos gracias a los dioses por la fortaleza de la madera fenicia, ya que el espolón apenas hizo daños considerables y nos fue fácil la maniobra, justo en el momento que nos atacaban una pentecóntera etrusca y otra birreme. Juntamos entonces nuestro estribor al barco que atacamos en primera instancia y recibimos la orden de dejar los remos y asaltarlo, ya que nos habían rodeado las naves enemigas y sólo nos quedaban dos opciones. La que tomamos o girar en redondo y huir, con el consiguiente riesgo de que en la maniobra te alcanzaran.


Saltamos a la cubierta enemiga al mismo tiempo que los etruscos saltaban a la nuestra. Así la mitad de nosotros que aún permanecíamos en nuestro bajel tuvimos que hacer frente a la acometida de los asaltantes. La otra nave cartaginesa se contentó con cerrarnos el camino del resto de nuestra flota.


Del desarrollo de esta lucha permitirme la omisión de datos, y no como una licencia, sino porque no recuerdo apenas detalle alguno. Supongo que gente experimentada en la guerra, o personas que conserven intacta su frialdad, mantengan todos los sentidos secundarios despiertos. No fue mi caso, me convertí en un animal al cual sólo los reflejos de una buena preparación y el instinto de supervivencia le mantenían en pie. Cuando la sed de sangre se mitigó en mi interior fui consciente de que habíamos rechazado a los rivales, mientras que los desafortunados de mis «compañeros» que habían abordado el barco cartaginés corrían peor suerte. Entonces vimos que los barcos que ejercían esa presión sobre nosotros desaparecían, dos hundidos y el otro retirado. La pequeña vía de agua que habíamos producido y el siguiente heroico abordaje en la birreme fue a la postre vital para que el navío se fuera a pique.


Con enorme dificultad podíamos identificar ahora a amigos de enemigos, al menos yo, que sólo diferenciaba a los hippoi por sus akroteria [6] en forma de caballo y a algunas de las birremes, por la costumbre cartaginesa de disponer los escudos alineados en la regala para servir de defensa ante los proyectiles enemigos. En ese momento nos esforzamos en coger de nuevo los remos y acercarnos al fragor de la batalla, que tenía lugar en el centro de las formaciones de los contendientes. Avanzamos penosamente entre restos de naufragios y personas que se aferraban a ellos como un lactante se afana con el pecho de su madre, en una imagen de vida y muerte.


Cuando estábamos en disposición de sumarnos a la batalla fuimos conscientes de que cada barco griego se las tenía con dos o tres galeras enemigas. Pero no fuimos los únicos que acudían en su ayuda, otras pentecónteras acudían de los extremos de la descompuesta formación, habiéndose deshecho de la gran mayoría de naves ligeras enemigas.


En ese momento vimos con ojos impotentes como nuestras birremes y trieres estaban siendo destrozadas y como el resto de las maltrechas naves foceas se retiraban. La batalla había sido muy rápida. Nuestro keleustés nos avisó con su música de que era preciso girar y retirarse, justo en el momento que estábamos siendo embestidos por una nave cartaginesa, salvándonos del contacto por apenas un par de pasos [7]. Fuimos conscientes todos nosotros que se giraría para volver a intentarlo, ya que si bien en condiciones normales nuestra nave era más rápida, era también cierto que nuestra tripulación se encontraba muy mermada y no alcanzábamos la fuerza necesaria para deshacernos de la enemiga. Fue entonces cuando nuestro navarca dio la orden de girar y embestir contra ella. Aquel movimiento fue imprevisible, una boga perfecta. A la galera cartaginesa no le dio tiempo a reaccionar, el tiempo necesario para evitar el choque, para hacer avanzar su eslora, era escaso pero salvable, pues aún era mayor el recorrido que teníamos que hacer nosotros para embestir. Pero ante lo inesperado del ataque no reaccionaron a tiempo. Tenían la mente más puesta en el inminente abordaje que en el hundimiento de nuestro navío. Precisamente al contrario que, como supimos después, dictaba la estrategia de su flota. El caso es que en un abrir y cerrar de ojos habíamos hundido nuestro espolón en su costado, limpiamente, por lo cual retirarlo del casco fue más sencillo.


Cuando llegamos a la desembocadura del Rhotanos [8], el cual formaba una espectacular ensenada a los pies de Alalia, pudimos hacer un balance de las pérdidas. Y no fue halagüeño precisamente.


¿El balance? Demasiadas letras para esta entrada parecen, aunque el lector quizá se haya quedado en las primeras. Los que hayan llegado hasta aquí tendrán que ver la continuación en la siguiente de las entradas.


(Continúa en La batalla de Alalia, parte II.)





[1] En la época previa al siglo V —en donde se potenciará el uso de los espolones, dándole al acto de hundir el barco enemigo el protagonismo absoluto— la forma habitual de contienda era el abordaje.

[2] El hippos, junto con el gaulos, eran los barcos típicamente fenicios. Mientras que el primero era ligero e incluso capaz para la batalla, el segundo era grande y poco maniobrable, destinado a actos comerciales.

[3] La utilización del sistema métrico en este texto es meramente orientativa, siendo anacrónica. Se utilizarán las unidades de medida antiguas a partir de ahora.

[4] En época posterior a las trirremes se les añadirán un adelanto fundamental para la maniobrabilidad de la nave, se añadió un postizo externo llamado paraxeiresia en el cual se situaba la nueva línea de remeros, estando ahora sólo ligeramente por encima. Esto hacía que no fuera necesario aumentar la manga, siendo entonces el navío más veloz y los remos de las distintas bancadas más similares.

[5] Un pletro: ventinueve metros y sesenta centímetros.

[6] Akroterion: saliente del mascarón de proa.

[7] Pasos: setenta y cuatro centímetros.

[8] Rhotanos: actual río Tavignanu, próximo a la ciudad corsa de Aleria, moderna Alalia.



  • Esta entrada ha sido creada por Blogs con Histora. La opinión que expone es particular, y puede o no coincidir con la del autor.


  • El autor expondrá su opinión, si procede, en forma de comentario a esta entrada o, casi siempre, en la denominada «Ventana del Autor».


  • La mayoría de las imágenes pertenecen al la serie de libros de Fernando Quesada publicados lo la Esfera de los Libros.


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LA BATALLA DE ALALIA, parte II

LA BATALLA DE ALALIA, parte II: "


El mar reflejaba mansamente el brillo del sol, pese a los innumerables restos de madera, pese a los hilos de brea y aceite, pese a la sangre. A nuestras espaldas, tras la playa y los pequeños campos de cultivo, se elevaban los muros de una Alalia irremisiblemente condenada a su abandono.




Trirreme.


(Viene de La batalla de Alalia, parte I.)


Desde la ensenada pudimos comprobar el estado lamentable de nuestras galeras. Los compañeros de cada navío se afanaban en achicar el agua que se había introducido en cada uno de los barcos debido a las numerosas vías abiertas en los cascos. Apenas llegué a contar una quincena de naves, todas ellas, en mayor o menor medida, destrozadas.


Veía a su vez como la flota combinada enemiga se alineaba enfrente nuestro, a algo menos de dos estadios [1] de distancia. Tuvieron que ver lo que hacía unos instantes nosotros observábamos: el estado calamitoso de nuestra flota. Y tuvieron que percatarse de su absoluta victoria pues, en escasos instantes, viraron sus bajeles cuyas popas nos miraron con desprecio y comenzaron a alejarse, dando buena cuenta de alguna que otra pentecóntera focea sin gobernáculo, a expensas de la corriente, en las que habían izado sin apenas esperanzas la vela en busca del más mínimo hálito de viento que ayudara a sus remeros a alejarse de los espolones tirrenos y fenicios. Impotentes contemplamos aquellas cosas sin poder hacer más que encomendar sus almas a Tetis.


Nuestros entumecidos miembros tomaron contacto con la cálida arena de la playa y, sin que tuvieran tiempo a aclimatarse a tierra firme, comenzaron la peregrinación a la ciudad, más allá de las primeras tierras de cultivos. Alguno de nosotros aún pensaba en la maniobra enemiga de retirada que habíamos presenciado, tomándola optimistamente como un empate. Los más cautos, sin embargo, pensaban lo contrario. Tendrían durante mucho tiempo en la memoria las decenas de navíos enemigos en perfectas condiciones que hacía unos instantes los vigilaban.


Tuve que ver amanecer la jornada siguiente para que a mis oídos llegaran noticias fiables del desarrollo de la batalla. La ciudad saludó al nuevo día con un inusual ajetreo; pocos eran los que dormían, ni tan siquiera aquellos de «los compañeros» que más necesitaban el descanso. Se hicieron corrillos de opinión en cada esquina, mientras que en el ágora charlatanes apocalípticos anunciaban la destrucción de la ciudad. En cada taberna aquella mañana hubo pequeñas asambleas. Me quedé con las impresiones que nos dio uno de los navarcas sobrevivientes:


«Sabed que el primer ímpetu fue griego. Nuestras naves —como bien sabéis y vuestros brazos dan fe de ello— avanzaron con gran velocidad hacia las líneas enemigas. Confiábamos que en el fragor de la batalla, y juntando líneas, el abordaje sería decisivo para nuestro triunfo. Pero tras el primer encontronazo, en el cual —y es preciso que recordéis— cayeron muchas naves cartaginesas y unas pocas etruscas, mientras que las nuestras salían airosas, los tirrenos se retiraron haciendo de cebo a algunas de nuestras pentecónteras, permitiendo que las pesadas naves fenicias pudieran coger el espacio suficiente para poder maniobrar con sus fatídicos espolones. No habíamos contado con su extraordinaria maniobrabilidad, y en cuanto nuestras naves les dieron oportunidad al avanzar en lo que nos parecía una fácil victoria, nos hicieron frente con mayor rapidez de la que ninguno de nosotros —y os incluyo— hubiéramos supuesto. Fue entonces cuando los etruscos giraron para volver a la batalla, libres de sus perseguidores, ya que habíamos sido frenados por las naves que aguardaban en su segunda línea, en las alas de la misma. A partir de entonces, nosotros, que habíamos puesto todas nuestras esperanzas en el abordaje, fuimos un festín para los enemigos.»


Pero había otras opiniones menos pesimistas para explicar el desenlace de la batalla. Aquellas decían que las bajas cartaginesas y etruscas habían superado en mucho a las nuestras, y que habíamos hundido más barcos que ellos.


El caso es que nuestra flota estaba destrozada; a la quincena de pentecónteras que habíamos contado en la playa se les unieron otras tres que milagrosamente habían escapado gracias a la pericia de sus pilotos, librándose por poco del acoso fenicio. Las naves, además, necesitaban ser calafateadas y reparadas de nuevo. No quedaba otra opción que abandonar la ciudad [2], que alejarse de Córcega y buscar cobijo en Massalia.


La historiografía poco nos indica acerca de La Batalla de Alalia, la arqueología tampoco. Intentaremos, no obstante, dar nuestra visión de cómo pudieron acaecer los hechos más importantes.



Trirreme


El desarrollo de la confrontación lo desconocemos por completo. Solo nos han llegado opiniones vertidas por historiadores grecorromanos que minimizan la derrota focense. Los datos que dan son los de una flota combinada etrusco-cartaginesa compuesta por ciento veinte naves que se enfrentó a la mitad de griegas. La batalla, según estas fuentes, fue ganada por los helenos, pero de una manera muy costosa, ya que cuarenta de sus naves fueron hundidas y las otras veinte quedaron inservibles. La ausencia de escritos cartagineses y etruscos que debemos a los romanos nos impiden cotejar estos datos. Pocos, ante la lectura de estos datos, pueden llegar a creer en que la victoria recayera de lado focense.


Sabemos también que las naves de las que disponían los griegos eran, en su mayoría, pentecónteras. Las trirremes habían sido inventadas hacia relativamente pocos años —no se sabe bien si por fenicios o por corintios—, y resultaban muy costosas y poco testadas. No sería, con mejoras y probaturas diversas, hasta la Batalla de Lade y, sobre todo, hasta Salamina cuando este tipo de nave resultara masivamente utilizada. El método más ocurrente hasta entonces para decantar una batalla naval para los griegos era el abordaje. El espolón era un elemento secundario, y más en formaciones cerradas. Solo se haría protagonista casi único cuando la maniobrabilidad de la nave fue mayor. Pero ocurre que las birremes utilizadas por los cartagineses sí que eran maniobrables, por cuestiones expuestas con anterioridad. Esta peculiaridad les dio la posibilidad de embestir con ciertas garantías a la escuadra focea. Sólo este hecho explicaría la destrucción, y no captura, de los barcos griegos, que no tuvieron opción a desplegar sus tácticas, supuestamente superiores.


La batalla de Alalia supuso de facto la retirada temporal del comercio griego en el mediterráneo occidental. Sabemos que en cincuenta años derrotarían en Sicilia a etruscos y cartagineses. Pero no serían los focenses sino los siracusanos, himerienses y demás griegos de las colonias de Sicilia. Los focenses a partir de Alalia se comportarían muy prudentemente. Destrozada su flota, tuvieron que buscar cobijo en terreno itálico, fundando la ciudad de Elea. La pérdida de tantas naves induce a pensar que las rutas marítimas comerciales focenses quedaron maltrechas.



Localización de Alalia en la isla de Córcega.


La primera consecuencia de la Batalla de Alalia fue el abandono focense de Córcega. Tenemos que tener en cuenta que este abandono no suponía per se una catástrofe; era una apoikia creada en fecha reciente, en la que apenas hubo tiempo de criar a una generación. Sí que dio al traste con las esperanza expansivas focenses en el mar tirrénico y, al parecer, en Iberia, pero griegos había de sobra en Sicilia y en la Magna Grecia para perpetuar la influencia helena. La segunda consecuencia, y esta tan solo probable, sería la caída de Tarteso, a la cual Cartago debió de asfixiar ya que tuvieron que hacer lo imposible para impedir su contacto directo con los griegos y controlar la producción agrícola y mineral de la zona. Unos treinta años después, en un tratado firmado por cartagineses y romanos, se exponía claramente la dominación púnica de Iberia, hecho que posiblemente refleje el colapso tartesio.


Existen datos para poder pensar que con anterioridad a esta batalla los focenses disponían de numerosas factorías en el levante de España y en el sur, aunque hay dificultades para asegurar que se traten de algo más que barrios periféricos comerciales que ni tan siquiera llegaban a la consideración de emporios. Los historiadores clásicos nos transmiten el fluido intercambio comercial entre estos griegos y Tarteso. Aun más, estaban ligados como buenos aliados. A raíz de la batalla de Alalia todo este intercambio se vio interrumpido. Y, creemos, no porque los fenicios cerraran el paso en el estrecho, pues esto no sucedió hasta la caída de Tarteso, ni porque perjudicaran más allá de sus propios intereses al comercio griego. Simplemente, el esfuerzo material y humano que los focenses habían realizado en Alalia les debilitó. Esto sería aprovechado por los cartagineses para aislar a Tarteso y dar protagonismo a su propio establecimiento en la península. En cuanto al comercio en Etruria y sus zonas de influencia, este apenas se debió de ver malparado, ya que las manufacturas griegas les eran vitales. A partir de entonces las colonias focenses se miraron al ombligo y de intrépidos marineros pasaron a convertirse en ricos mercaderes, en espléndidos intermediarios. Tal es así que Massilia perduraría «independiente», al menos en apariencia, hasta tiempos de Julio César, que la castigó por su ayuda a Pompeyo. Y tal es así que en Elea se dio la posibilidad de crear una de las escuelas filosóficas más importantes de la Historia, la eleática, cuya primera figura sería el poeta y teólogo Jenófanes, nacido en Colofón y emigrado a causa de la presión persa, al que le seguirían Parménides y ya más tarde Zenón. Esta Elea también se haría con el tiempo fiel aliada de Roma.




[1] Un estadio: 177 metros con 66 centímetros.

[2] Es preciso recordar que Alalia había sido fundada hacía relativamente poco tiempo por foceos que habían llegado, como se cuenta en el primer capítulo, en dos oleadas. Alalia era una de las apoikiai griegas en occidente, y como tal dependía del comercio y de su flota. Sin ello, poco sentido tenía su permanencia en la isla, como se comenta a continuación.



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ZAMA: El final de la Segunda Guerra Púnica

ZAMA: El final de la Segunda Guerra Púnica: "

CANNAS.


En las dos anteriores entradas, dejamos, por una parte, a Magón camino de la costa ligur, en Italia, vía Baleares, tras comprobar que hasta las puertas de Gades se le cerraban y abandonando definitivamente Iberia en el 205 a. C. en pos de su hermano Aníbal, y por otra, al propio Aníbal, que era incapaz de levantar el sur itálico en contra de Roma.




(pilum). Protegidos con cota de malla en número mayor que los infantes de los hastati y los principes, eran los hombres de mayor edad, y se utilizaban como reserva de la legión romana. En Zama su actuación fue clave para dar cohesión al ejército de Escipión en el momento decisivo.


El plan de Escipión era retomar la idea que no se pudo poner en marcha al principio de la confrontación: llevar la guerra a territorio africano. Por fin pudo, en el año 204 a. C., desembarcar allí con 40 naves que transportaron 25.000 efectivos. Pero no fue tan sencillo el camino de Escipión para lograrlo.


Sin contar la situación política romana, en la cual el círculo de los escipiones tenía enemigos, la situación en Hispania distaba mucho de ser la ideal pese a la expulsión de los cartagineses. Primero en el sur, donde ciudades como Castulo e Iliturgi resistieron. Una vez que los focos antirromanos fueron eliminados, la mecha se prendió en el valle del Ebro. Un motín de la guarnición de Sucro se unió a la enfermedad de Escipión y al levantamiento de los ilergetes Indíbil y Mandonio, tan caros en el imaginario popular. Para esta revuelta, para conocer su idiosincrasia guerrera y sus códigos éticos, hay un formidable capítulo en el libro Armas de la antigua Iberia. Escipión pudo solventar todos estos problemas, aunque lo tuvo que hacer rápido, sin tiempo para ningún tipo de represión. Durante este tiempo, no cejó en su objetivo y estrechó lazos diplomáticos con un régulo númida llamado Massinisa, con vistas a la futura invasión de Cartago. Por si estas cosas fueran pocas, se unía el hecho de que Aníbal aún estaba en Italia, imbatido; Roma no las tenía todas consigo pues desconfiaba de una victoria en territorio africano.



Uno de los veteranos del ejército de Italia de Aníbal, un itálico de origen campano, leal a estas alturas de la guerra solo a su general y a sus compañeros de fatigas. La coraza de bronce repujado que porta se basa en la pieza de fabricación itálica hallada en Kour-es-Sad (Túnez).


El caso es que Escipión logró los apoyos que buscaba, siendo elegido de nuevo cónsul en el año 205 a. C. Fue entonces cuando ultimó, con ayuda de Massinisa y Lelio, la invasión.


Desembarcó en las inmediaciones de Útica, ciudad muy próxima a Cartago, y rápidamente la asedió ante la imposibilidad de tomarla por asalto. Así, los Castra cornelia fueron levantados, desde los cuales se procuró aislar progresivamente al enemigo, esquilmándole apoyos y recursos. El otro reyezuelo númida, Syfax, aliado de Cartago pero preocupado por las operaciones que sólo podían perjudicarle, intentó un acercamiento de posturas entre los dos bandos provocando un armisticio. Su propuesta: mantener el status quo. Escipión lo aceptó para ganar tiempo y aprovecharse de la situación de la siguiente manera: durante las negociaciones, introdujo espías en el campamento cartaginés, los cuales estudiaron su disposición y desplazamientos. Esto fue vital para que al principio del año siguiente, durante una noche, los romanos atacaran, incendiando el campamento de Syfax y poniendo en desbandada a los acuartelamientos púnicos. El ejército de Asdrúbal y su aliado númida aquella noche dejó en su huida cuarenta mil bajas.


Poco después, ante la reorganización de los supervivientes y el ingreso de una fuerza de mercenarios iberos, los cartagineses decidieron regresar para intentar levantar el cerco a Útica. Escipión les presentó batalla en las Grandes Llanuras, al suroeste de Cartago, y les derrotó en campo abierto con sus mismas armas y, en gran medida, gracias a la caballería númida de su aliado Massinisa.



I. Despliegue inicial de la batalla de Zama a partir de los datos de las fuentes literarias. Los efectivos de Aníbal son en buena medida conjeturales. Los detalles del despliegue romano parten del orden de batalla habitual y de los movimientos posteriores de Escipión.

II. La fase final de la batalla. Las posiciones exactas son conjeturales, y solo permiten darnos una idea del curso general de los acontecimientos. No podemos pretender exactitud sobre las posiciones de las diferentes unidades con las fuentes de que disponemos. Conviene por tanto tomar este y otros planos similares como una guía de comprensión, no como una representación exacta de los hechos.



La historia de Asdrúbal Giscón en este punto es curiosa. Al parecer, tras la derrota, y posiblemente condenado en Cartago a muerte, reunió una serie de mercenarios y númidas e hizo la guerra por su propia cuenta, hasta que se unió finalmente a Aníbal cuando regresó. Syfax, por su parte, fue hecho prisionero, muriendo poco después.



Ante esta tesitura, Cartago decidió iniciar las conversaciones de una paz ventajosa para Roma, a la vez que con urgencia requería de la presencia de las fuerzas de Magón y Aníbal, que a la sazón permanecían en Italia. Magón no llego a desembarcar pues murió por el camino; Cartago perdía un buen comandante de caballería, que junto a la inferioridad de númidas resultaría a la postre fatal. Cuando Aníbal desembarcó, se encontró con que las conversaciones de paz quedaron rotas merced al asesinato de unos embajadores romanos y a las propias reticencias dentro de la propia ciudad.



Jinete ligero númida. Tropas de este tipo sirvieron en los dos bandos, al compás de las alianzas de sus príncipes. En Zama los jinetes númidas fueron decisivos en la victoria romana proporcionando a Escipión la ventaja en caballería que nunca habían tenido los romanos frente a Aníbal. El caballo númida no se guiaba con una bocado (véase Capítulo 37), sino con un cordel en torno a su cuello.


Unidas las fuerzas de Aníbal con las del finiquitado Magón y el resto de mercenarios y númidas al mando de Asdrúbal, se dirigieron a Zama, esperando una ayuda prometida por Vermina, el hijo se Syfax, que no llegó. Las tropas de Escipión y Masinissa se unieron y presentaron batalla. Esta confrontación se narra con gran maestría en el libro de Fernando Quesada Armas de Grecia y Roma. De su desarrollo poco diremos. Resaltar, quizá, la importancia que tuvo la caballería númida, esta vez en el lado romano, y el pequeño retraso con el que los veteranos de Aníbal cargaron, desde la tercera línea, contra el frente romano, ya algo cansado. El caso es que el equilibrio del choque entre infanterías terminó cuando la caballería aliada a Roma triunfó en las alas y atacó por la espalda a los cartagineses, provocando una matanza. Una suerte de Cannas, pero de resultado contrario.


Desde Túnez se iniciaron las sucesivas conversaciones de paz, con unas condiciones draconianas para los intereses púnicos. En el año 201 a. C. se firmará y Cartago ya no se volverá a levantar ni con una pequeña parte de las fuerzas mostradas antaño. Años después sería destruida desde los cimientos.

















 

 



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  • El autor expondrá su opinión, si procede, en forma de comentario a esta entrada o, casi siempre, en la denominada «Ventana del Autor».


  • La mayoría de las imágenes pertenecen al la serie de libros de Fernando Quesada publicados lo la Esfera de los Libros.


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30 julio, 2010

CARTAGO NOVA, un gran golpe de Publio Cornelio Escipión.

CARTAGO NOVA, un gran golpe de Publio Cornelio Escipión.: "
CARTAGO NOVA, un gran golpe de Publio Cornelio Escipión.

Muertos y derrotados Publio y Cneo Cornelio Escipión, en Iberia se abrían nuevas posibilidades para los cartagineses. Pero el repliegue del resto de la tropa romana más allá del Ebro, territorio amigo, y la llegada de refuerzos y de C. Claudio Nerón con su actitud defensiva y conservadora, al estilo Fabio, hicieron que los púnicos perdieran la iniciativa, que rápidamente fue protagonizada por una figura gigantesca del joven Publio Cornelio Escipión, hijo del Publio caído en tierras andaluzas y más tarde conocido por el Africano.




Una de las tácticas de batalla de los pueblos celtíberos según Tito Livio: «Los celtíberos se agacharon ante los dardos disparados por los romanos y después se reincorporaron para disparar a su vez…» (Livio 28,1).


Un año después de la derrota, en el año 210 a. C. y junto a un nuevo ejército, desembarcó en la zona catalana y muy pronto inició las operaciones para las que había sido popularmente aclamado en Roma y ensalzado: la dinamización del frente hispano. Tras fortalecer las posiciones de partida, en una acción relámpago, burló a los tres ejércitos en los que se habían dividido sus oponentes y logró llegar ante las puertas de Cartago Nova, centro neurálgico de los púnicos en la península. Corría el año 209 a. C. cuando Publio entró en la ciudad, haciendo un enorme botín y algo que a la postre fue decisivo: la liberación de los rehenes que Cartago utilizaba para asegurarse la fidelidad de los pueblos iberos.



Legionario romano de hacia el final de la Segunda Guerra Púnica (c. 200 a.C.) que junto a las armas tradicionales (pectoral de bronce, escudo oval curvo y casco de tipo ‘Montefortino’, ha sustituido su vieja espada corta por una más larga, de unos 65 cm. de hoja, de origen hispano: el gladius hispaniensis. La vaina de cuero con armazón metálico va suspendida de un tahalí que cruza su pecho por debajo del pectoral, y no pendiente de un cinturón al modo galo..


De esta manera, no sólo consiguió el dominio del occidente peninsular, tan importante para el enemigo, sino que a las tropas romanas se le sumaron numerosas tribus indígenas, como los turdetanos y los ilergetes, aunque estos últimos con sus más y sus menos (en Armas de la antigua Iberia está perfectamente explicado cómo sentían y vivían la guerra estos pueblos).

La preocupación se apoderó entonces de Cartago. Mientras que algunos generales defendían que las posibilidades púnicas pasaban por centrarse en el ámbito ibero, otros decían que se deberían enviar los refuerzos a Italia para unirse a Aníbal. Mientras Asdrúbal partía hacia Italia, burlando a los romanos (donde llegaría y sería derrotado en el río Metauro), Magón y Giscón buscarían recursos en Hispania.

Ante la derrota y muerte de Asdrúbal, Hannón llegó a la península y se unió a Magón para intentar volver a enviar recursos a Aníbal, mientras que Giscón se centraba en acciones diplomáticas para la defensa del valle del Guadalquivir. Los fracasos y los golpes que recibieron los púnicos impidieron el paso a Italia y Escipión, totalmente decidido a acabar de un golpe con la presencia cartaginesa en la península, se dirigió a Gadir, última base importante púnica, mientras que a parte de su ejército lo mandaba a enfrentarse, con éxito, al Hannón y Magón.



La muerte de Indíbil según Tito Livio: “una vez que cayeron acribillados por los dardos los que peleaban en torno al rey, que se mantenía en pie medio muerto y después quedó clavado al suelo por una jabalina”. Indíbil aparece representado con cota de malla y casco céltico de hierro como un ejemplar hallado en la costa catalana –ambas cosas una rareza en la panoplia ibérica- y con una falcata, posiblemente regalo de un príncipe meridional, similar a la hallada en la necrópolis de La Pedrera en Vallfogona de Balaguer.


Estos, con los restos de sus tropas, lograron encontrarse con Giscón en Gadir y se enfrentaron, en una batalla que marcaría su presencia en Hispania, en la batalla de Ilipa, en el año 207 a. C.

Con la derrota cartaginesa, unida un par de años después a la retirada de Aníbal y Magón (que consiguió llegar a Italia pero no unirse a su hermano, pues fue derrotado), el campo de acción pasará a territorio africano.







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NUMANCIA III: de la llegada de Junior y de cómo apretó las tuercas a la maquinaria romana hasta que todo terminó como ustedes saben que terminó.

NUMANCIA III: de la llegada de Junior y de cómo apretó las tuercas a la maquinaria romana hasta que todo terminó como ustedes saben que terminó.: "
NUMANCIA III: de la llegada de Junior y de cómo apretó las tuercas a la maquinaria romana hasta que todo terminó como ustedes saben que terminó.

Como vimos anteriormente, en 134 a.C. Roma estaba un poco cansada de hacer el canelo delante de todo el orbe mediterráneo -que ya hemos dicho que era algo así como así como un patio de vecinas, pero a lo grande- así que decidió echar toda la carne en el asador eligiendo como cónsul para Hispania a Junior.





El cuadro ‘La caída de Numancia’ de Alejo Vera (1881) se pintó antes de las excavaciones que mostraron una ciudad de estructuras mucho más modestas que las que aparecen en el cuadro. La obra recoge la tradición romántica del suicidio masivo de los numantinos, y sus representaciones de legionarios con corazas cuatro siglos posteriores al asedio de Numancia, inspiradas en la Columna Trajana, carecen de toda verosimilitud.


4.- Publio Cornelio Escipión Emiliano, Junior.

Este interesante personaje fue el encargado de poner fin a las guerras celtíberas siendo el responsable de la destrucción final de Numancia. Tarea esta –destruir ciudades- que, por cierto, se le daba bastante bien, como demostró pocos años antes al pasarse por la piedra a Cartago. Hijo de Paulo Emilio, el conquistador de Macedonia, entronca con la familia Cornelia al convertirse en hijo adoptivo del hijo de Publio Cornelio Escipión el Africano, que fue -recordarán ustedes- quien derrotó definitivamente a Aníbal haciéndole copiar mil veces eso de «No invadiré Italia sin pedir permiso antes». Es gracias a este glorioso parentesco político que, cariñosamente, hemos decidido llamarle Junior. Además, es más corto.

En la elección de Junior nos encontramos con otro de esos juegos malabares que de vez en cuando se daban en la política romana. Al contrario que cuando lo eligieron para bajarse al moro, esta vez sí tenía la edad legal para ser elegido cónsul; el fallo ahora residía en que, según la legislación vigente, no se podía elegir como cónsul dos veces a la misma persona en un período de diez años. Fallo técnico este que fue solucionado de la forma tradicional: se votó la suspensión de la ley durante ese año, volviéndose a aplicar con normalidad al año siguiente. En fin.

Al llegar Junior a la citerior se encontró con que los campamentos en los que estaban acuarteladas las tropas romanas de la provincia se habían convertido en casas de lenocinio. Literalmente. Prostitutas, adivinos y mercaderes convivían alegremente con los soldados, como si de un reality show de un canal local de televisión se tratara, mientras los mismos soldados se hacían servir por esclavos domésticos, o hacían uso de animales de carga para llevarles el equipaje en las marchas y así poder retozar luego más descansados en las pausas. Junior, que pertenecía a la crema de la nobilitas romana –o sea, que era bastante puritano- se mosqueó bastante. Expulsó a las prostitutas, a los mercaderes, a los adivinos –malos adivinos debían ser, cuando no se fueron por sí mismos antes de la llegada de Junior – y a los esclavos innecesarios, se incautó de algunos animales de carga, vendió el resto y se dispuso a hacer de esa masa de tipos acomodados que se llamaban a sí mismos soldados un verdadero ejército. Limitó a la mínima expresión el número de utensilios que los soldados podían lleva consigo, les prohibió dormir en camas, reordenó su alimentación prohibiéndoles además completarla por su cuenta y los puso a hacer ejercicios, marchas, contramarchas, maniobras y contramaniobrasen plan «para mañana 30 kilómetros de marcha», «construid aquí un campamento, destruidlo ahora, mañana construiremos otro», «ep aro, ep aro, variación derecha, ar. Firmes», «al que proteste le acogoto vivo», «rompan filas». Después de darles una estiba guapa y amargarles la vida a más no poder, cuando decidió que ya podía lograr algo positivo con ellos, se puso en marcha contra Numancia.

5.- Última campaña. Asedio y rendición de Numancia.



Cronología.


Junior comenzó las operaciones de la misma forma que lo hicieran Claudio Marcelo y Cecilio Metelo, atacando primero otras comunidades rebeldes, y dándose un paseo por tierras vacceas a fin de hacerse con la cosecha de grano y evitar que fuera a parar, como en ocasiones anteriores, a Numancia. En este proceso y en su aproximación final a esta ciudad, el ejército sostuvo varias escaramuzas y pequeños encuentros que se saldaron con victoria romana, lo que logró levantar bastante la decaída moral de la tropa. Fue entonces cuando decidió echar el órdago definitivo y se plantó –octubre del 134 a.C- delante de los muros de Numancia. Junior no tenía el más mínimo interés en entablar un combate formal contra los celtíberos –lo cual tiene su cosita si recordamos que estamos hablando de unos 8.000 hispanos contra unos 60.000 romanos, italianos y mercenarios- y pasó mucho de las provocaciones de los numantinos. Levantó siete fuertes en torno a la ciudad, rodeó ésta de un foso y un muro almenado provisto de torres y artillería, distribuyó a las tropas por todo el perímetro y se sentó a esperar a que los numantinos se rindieran o se murieran de hambre. Varias veces intentaron estos romper el cerco y todas ellas fueron rechazadas. Uno de los líderes de Numancia, Retógenes Caraunio, logró escabullirse y fue a pedir ayuda. En Lutia los jóvenes estaban dispuestos a acudir a su llamado, pero los ancianos le fueron con el cuento a Junior. Éste aplicó su Plan Preventivo Contra la Violencia Juvenil: se presentó en Lutia, convocó a esos jóvenes insurgentes, terroristas en potencia, y les cortó las manos a todos. Mano de santo –perdónenme el astuto juego de palabras-: todas las comunidades de la zona se hicieron los germanos –como hacerse el sueco, pero versión siglo II a.C- ante las peticiones de ayuda de Numancia. La ciudad quedaba así sentenciada. Tras 15 meses de duro asedio –al final incluso se llegaron a dar casos de canibalismo- preguntaron por las condiciones para la rendición. La respuesta de Roma fue tajante: rendición incondicional. Muchos numantinos se suicidaron antes de entregarse. Los demás, desnutridos, malolientes, pero orgullosos incluso en la derrota, se rindieron a Escipión. Éste seleccionó a los cincuenta más aparentes para celebrar con ellos su triunfo en Roma, vendió a los otros como esclavos, y ordenó que el lugar, la úlcera hispánica de Roma, fuera arrasado hasta los cimientos. Así acaba la historia de Numacia, pequeña ciudad celtíbera que osó, valiente e insensatamente, desafiar de tú a tú a la dueña del mundo.

6.- Numancia, historia y mito.



Casco, muy restaurado, que forma parte de un amplio lote de cascos similares que, aplastados, fueron depositados en grietas de la roca en una localidad de la provincia de Soria. Su tipología, peculiar, es similar a las de cascos itálicos, aunque algunos ejemplares parecen haber sido retocados con damasquinados en plata, toscos, de tipo ibérico o celtibérico. Quizá se trata de un conjunto de cascos de tropas romanas auxiliares capturados por los celtíberos y dedicados ritualmente. Algún casco similar ha sido hallado en una tumba de la necrópolis de Numancia. Siglo II a.C. Colección particular.


Dentro de la mitología patria, Numancia siempre ha tenido un significado especial, hasta el punto de pasar a formar parte del lenguaje mismo. En la lista de brillantes derrotas –Numancia, Guadalete, La Invencible, Trafalgar, Zaragoza, Santiago de Cuba, Annual…- que atesoramos más celosamente que las victorias –que también fueron muchas, y brillantes- en nuestro imaginario colectivo, el mito de la pequeña ciudad que resistió durante quince años a las águilas romanas ha destacado siempre con luz propia. Bueno. Los mitos forjan identidades y conforman comunidades, y en este contexto pueden tener su utilidad. Pero lo cierto es que el mito de la invencible Numancia no es más que eso, un mito. Siempre que Roma mandó un cónsul competente, activo, Numancia capituló –como hizo con Junior y con Marcelo- o estuvo a punto de hacerlo, como con Cecilio Metelo. Lo cierto es que la mayor enemiga de Roma en la guerra contra Numancia fue la misma Roma, representada por una serie de magistrados demasiado a menudo incompetentes, demasiado a menudo ambiciosos hasta el punto de llevar a cabo campañas apresuradas, mal organizadas, deseando lograr la victoria –y el prestigio, y el botín- antes de que terminase su mandato legal. Magistrados que mandaban tropas a menudo mal motivadas, mal entrenadas y mal equipadas, enfrentadas a un enemigo quizás menos organizado o disciplinado, pero diestro y agresivo, muy consciente de lo que se jugaba en el envite. Olvidémonos de los mitos y honremos a los numantinos como lo que fueron: un pueblo orgulloso y valiente que resistió hasta lo intolerable en defensa de su libertad, de su independencia, prefiriendo frecuentemente la muerte que entregarse a un arrogante invasor.



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LA BATALLA DEL GRÁNICO

LA BATALLA DEL GRÁNICO: "
LA BATALLA DEL GRÁNICO

Cuando uno habla de Alejandro Magno lo suele hacer bajo el prisma de que fue uno de los mejores militares que ha dado la historia mundial. Sin duda, junto a él vienen otros nombres a nuestra cabeza como los de Napoleón, Aníbal, César y algún otro, todos ellos de una época superior siempre a un siglo. La perspectiva histórica, que se llama. En cuestiones militares y estratégicas, el debate puede ser vivo, aunque siempre estéril. Lo que es indudable es que la importancia histórica de Alejandro supera ampliamente a los demás.




Vista de la zona central del campo de batalla desde la retaguardia de Alejandro, mirando hacia el río. En la lejanía (A) forman los mercenarios griegos al servicio del Gran rey, en la retaguardia persa. No intervinieron en la batalla propiamente dicha. Más próximo al río forman las unidades de la excelente caballería persa (B), que a su izquierda —derecha del dibujo— comienza a moverse hacia el lugar por donde Alejandro ha cruzado el río a la cabeza de sus «compañeros». A la derecha de la imagen, parte de al caballería macedonia avanza también hacia el río, siguiendo a Alejandro (C). Al tiempo, los hipaspistas macedonios armados de lanza en vez de picas (D) actúan como bisagra entre la caballería pesada de la derecha (el «martillo») y las unidades de la falange (E) que se aprestan a cruzar el río..




«… Alejandro divisó a Mitrídates, yerno de Darío, que se había adelantado cabalgando lejos de los demás al frente de un grupo de jinetes en formación de cuña. El propio Alejandro se adelantó a la cabeza de los suyos, y golpeando con su lanza a Mitrídates en la cara dio con él a tierra (1). En esto, el persa Resaces (2) se lanzó contra Alejandro y le golpeó en la cabeza con su curvo alfanje, partiendo el casco, que pudo sin embargo retener el golpe (3). Lanzose Alejandro (4) contra él y le hincó su lanza en el pecho después de atravesarle la coraza. Ya había alzado por detrás su alfanje Espitríates (5) contra Alejandro cuando Clito, hijo de Rópides (6), anticipándosele le rompió alfanje y hombros a Espitrídates». Así narra Arriano (Anábasis de Alejandro, 1, 15, 7-8) el cruce del Gránico por Alejandro. Plutarco recoge el mismo episodio en su Vida de Alejandro, aunque con diferencias de detalle..




Desarrollo de la Batalla de Gránico


Quizá Napoleón extendiendo la Revolución Francesa se le pueda acercar. Pero el helenismo propiciado por Alejandro el grande es insuperable. Hay otra diferencia con respecto a otros líderes que salta a la vista: Alejandro fue herido en multitud de ocasiones por el enemigo, jugueteando con la muerte en más de una y dos ocasiones. Esa heroicidad, ese luchar siempre en primera línea, le distingue en la guerra por encima de todo. En el río Gránico, en la primera de las grandes batallas campales contra el Imperio Persa, a punto estuvo de morir, como bien muestra la segunda de las imágenes del libro Armas de Grecia y Roma que adjuntamos en esta entrada.

Alejandro había heredado de su padre una formidable máquina de matar llamada falange, formada por hombres que portaban una pica denominada sarissa y cuya longitud rondaba los seis metros. La acompañaba una poderosa caballería pesada y tropas auxiliares, tan efectivas ante los puntos débiles de la falange.

A Alejandro, tras esta batalla, aún le quedaba mucho por hacer. ¿Quién iba a pensar que superaría tamañas dificultades? Se enfrentaba a un imperio gigantesco, al oro persa, a la poderosa flota fenicia, a las defecciones de las polis griegas, siempre tan inquietas.




Falange helenística armada con sarissa y una profundidad normal de dieciséis líneas. Las cuatro o cinco primeras líneas de piqueros podían emplear su arma.




Falange hoplita. La profundidad variaba, pero ocho líneas era una densidad normal. Con una lanza de unos tres metros, solo las dos primeras líneas, como mucho, podían golpear de manera efectiva..
























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