01 diciembre, 2010
Asteroides por todas partes
26 noviembre, 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (18ª solución): Nuestra estrategia de búsqueda no es la correcta
Aun en el hipotético caso de que una CET estuviera emitiendo señales de radio y nosotros sintonizáramos los canales correctos, ¿hacia dónde deberíamos apuntar con nuestros telescopios? Resultaría descorazonador apuntar a Sirio cuando la civilización que vive en Vega estuviese tratando de captar nuestra atención. Hay dos posibles estrategias a seguir: o bien apuntar a estrellas individuales o bien llevar a cabo un barrido sistemático de todo el cielo. Evidentemente, la sensibilidad de una búsqueda de este segundo tipo es claramente inferior a la del primero.
El proyecto pionero Ozma de Frank Drake solamente escudriñaba dos únicas estrellas: Tau Ceti y Epsilon Eridani. Más recientemente, el proyecto Phoenix explora cerca de un millar de estrellas de tipo solar en un rango de unos 200 años luz, desde 1,2 a 3,0 GHz con un incremento de 0,7 Hz. En total, más de 2500 millones de canales. Sin embargo, la mayoría de proyectos SETI actualmente operativos son del tipo barrido y los que se planean para el futuro también. ¿Nos estamos equivocando? ¿Quizá no estamos encontrando signos de CETs porque no buscamos con la sensibilidad suficiente?
Pues parece ser que no estamos del todo equivocados. Según un trabajo de Nathan Cohen y Robert Hohlfeld publicado en la revista Sky and Telescope en 2001, la estrategia correcta consiste en mirar a cuantas más estrellas sea posible. La estrategia se basa en el siguiente argumento: en la naturaleza, a menudo, encontramos que los objetos con un valor grande de alguna cierta propiedad son raros, mientras que los objetos con un valor pequeño de esa misma propiedad abundan. Así, las brillantes estrellas de clase espectral O son escasas y, en cambio, las débiles estrellas de clase M parecen ser ubicuas. ¿Cuáles de todos estos objetos resultan más fácilmente detectables? Bien, todo depende de la intensidad de las fuentes raras en comparación con las más comunes. Un buen ejemplo de esto lo constituyen los objetos tipo cuásar, fuertemente emisores de ondas de radio, incluso a las inimaginables distancias a las que se encuentran.
Permanece, no obstante, una cierta sensación de desasosiego con los rastreos globales del cielo y tiene que ver con la frecuencia concreta a la que deberíamos prestar atención. En la 17ª solución a la paradoja de Fermi ya hablamos de la banda de frecuencias conocida como 'el charco', donde se concentran la gran mayoría de las búsquedas en otras galaxias. Pero quizá exista una frecuencia mejor para la comunicación intergaláctica y es la que propusieron en 1973 Drake Y Sagan: los 56,8 GHz. Esta frecuencia está íntimamente ligada al fondo cósmico de microondas. Si una CET de una galaxia lejana emitiese en una frecuencia relacionada con la anterior, seguramente sería detectada en cualquier instante futuro. Por otro lado, no tendría mucho sentido buscar en galaxias demasiado lejanas (recordad que cuanto más lejor miramos en el universo, más atrás en el tiempo nos remontamos) ya que en ellas quizá no haya transcurrido el tiempo suficiente como para haberse desarrollado una CET suficientemente avanzada. Desafortunadamente, la atmósfera terrestre muestra una gran absorción por parte del oxígeno en la banda de los 60 GHz, lo cual quiere decir que nuestros radiotelescopios no pueden buscar en la frecuencia de 56,8 GHz. Nuestra única opción consiste en hacerlo desde el espacio.
Finalmente, no se puede dejar de señalar uno de los mayores desarrollos en este campo desde el proyecto Ozma. Se trata de SETI@home, fundado por David Gedye, que ha captado como ninguno el entusiasmo de cientos y cientos de miles de aficionados. Estos participan descargando un programa en sus ordenadores de casa y/o de la oficina. El programa, en sus inicios funcionaba como un salvapantallas ordinario cuando el ordenador estaba 'inactivo'; realiza análisis y cálculos de paquetes de datos tomados por el radiotelescopio de Arecibo. Actualmente, se encuentra integrado en la plataforma BOINC, junto a otros muchos y variados proyectos de búsqueda. Una vez completado el paquete, éste se envía de nuevo a SETI@home, donde se integra con el resto de los resultados procedentes de todo el mundo. SETI@home constituye, así pues, el mayor y más potente de cuantos ordenadores virtuales hay en el mundo. Su inmensa potencia de cálculo ha permitido a los astrónomos llevar a cabo una de las búsquedas más afinadas de CETS jamás lograda hasta la fecha. De hecho, el programa rastrea una banda de frecuencias centrada en 1,42 GHz y con una anchura de 2,5 MHz a intervalos de tan sólo 0,07 Hz.
Así y todo, aún no hemos logrado escuchar nada en absoluto...
NOTA: Agradezco a Manuel (Ciencia Kanija) como es debido la puntualización referente a SETI@home y BOINC.
19 noviembre, 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (17ª solución): Están transmitiendo pero no sabemos en qué frecuencia tenemos que escucharles
Si las CETs utilizan verdaderamente ondas o radiación EM para comunicarse con otras, entonces existen varios tipos diferentes de señales que podemos rastrear. La más fácil de detectar sería aquella que los alienígenas enviasen deliberadamente hacia nosotros. No resulta demasiado osado suponer que una CET cercana decidiese enviar señales en dirección al Sol, una buena estrella candidata a albergar planetas con vida. Al fin y al cabo, nosotros mismos somos capaces de detectar planetas extrasolares de determinado tamaño, similares a Júpiter o Saturno. Un segundo tipo de señal sería aquella que no tuviese, en principio, ninguna intención de comunicarse con otras posibles CETs, algo similar a lo que sucede con nuestras propias transmisiones de radio o televisión, las cuales viajan al espacio aunque no sea el propósito principal para el que fueron creadas.
Con nuestro nivel actual de desarrollo tecnológico, no tiene demasiado sentido buscar señales de este tipo. Deberíamos centrarnos en hacer, en primer lugar, lo más sencillo y esto no es otra cosa que intentar detectar señales enviadas con el claro e inequívoco propósito de comunicarse. Ahora bien, ¿en qué longitud de onda optarán las CETs por transmitir? ¿En qué frecuencia debemos escuchar?
Lo primero que hay que tener en cuenta es que el espectro electromagnético es tremendamente amplio. La luz visible, que abarca desde los 750 THz (violeta profundo) hasta los 430 THz (rojo), tan sólo constituye una minúscula región del mismo. Los rayos ultravioletas, los X y los gamma poseen frecuencias aún más altas, hasta unos cinco órdenes de magnitud más que el color rojo. Por el contrario, los infrarrojos, las microondas y las ondas de radio se encuentran en el extremo opuesto, con frecuencias que caen hasta los 100 MHz.
Los seres humanos empleamos todas estas frecuencias para muy diferentes propósitos, desde aplicaciones médicas hasta la apertura de una puerta de garaje. Parece haber una determinada frecuencia para cada cosa. Así que ¿cuál es la más adecuada para las comunicaciones interestelares?
A finales de la década de los años 1950, Philip Morrison y su colaborador Giuseppe Cocconi fueron de los primeros en plantearse la cuestión anterior. Se les ocurrió la idea de utilizar los rayos gamma, cuya ventaja principal consistía en que pueden atravesar el polvo interestelar presente en el plano de la galaxia. ¿Por qué no enviar un haz de radiación gamma al espacio?
Asimismo, consideraron todo el resto de frecuencias del espectro EM. Concluyeron que la luz visible no resultaba muy apropiada ya que se confundiría fácilmente con la procedente de las estrellas. Los telescopios de rayos aún no existían por entonces, así que optaron por la banda de las ondas de radio. El radiotelescopio de Arecibo, con su gigantesca antena, parecía el instrumento más apropiado de la época.
Aun centrándose en la región del espectro EM correspondiente a las radioondas, el rango de frecuencias aún era demasiado amplio, desde 1 MHz hasta 300 GHz y esto eran malas noticias. Si una CET optase por transmitir debería hacerlo en un margen estrecho de frecuencias ya que, en caso contrario, la señal quedaría oculta por el ruido de fondo, al igual que sucede cuando se intenta sintonizar una emisora en un aparato receptor doméstico mientras se encuentra gran cantidad de ruido entre cada par de emisoras bien definidas.
Las fuentes naturales que emiten en un rango más estrecho de frecuencias son los denominados máseres interestelares (su ancho de banda ronda los 300 Hz); cualquier cosa con un ancho de banda inferior bien podría constituir una señal procedente de una CET.
Tampoco tendría mucho sentido emplear un ancho de banda inferior a 0,1 Hz ya que en este caso los electrones presentes en las nubes de polvo interestelar tenderían a dispersar la señal. Así pues, tenemos un enorme número de radiocanales en el que buscar durante mucho tiempo, quizá demasiado. No obstante, Cocconi y Morrison también se dieron cuenta de que por debajo de 1 GHz la galaxia es extremadamente 'ruidosa', mientras que por encima de 30 GHz la que resulta 'bulliciosa' es nuestra propia atmósfera. Si una CET nos enviase señales de frecuencia superior a estos 30 GHz, probablemente no fuésemos capaces de detectarlas ni de identificarlas debidamente. De hecho, la región más 'silenciosa' se sitúa entre 1 GHz y 10 GHz. Lo más razonable parece buscar ahí justamente.
Aún refinaron más el rango de frecuencias. señalaron que las nubes de hidrógeno neutro emiten radiación fuertemente a 1,42 GHz (la línea del hidrógeno). Cualquier civilización inteligente sabría esto ya que el hidrógeno es el elemento más abundante en el universo. Poco después, se dieron cuenta de que el radical hidroxilo radia a 1,64 GHz. Como el hidrógeno y el hidroxilo pueden unirse para formar moléculas de agua, símbolo de vida, parecía bastante lógico buscar entre estos dos valores de la frecuencia, entre 1,42 GHz y 1,64 GHz. A esta región pasó a denominarse 'el charco'.
Más o menos por la misma época en que Cocconi y Morrison realizaban sus estudios teóricos, Frank Drake los llevaba a la práctica y se dedicaba a escuchar en esas mismas frecuencias. Utilizando el telescopio de Green Bank, apuntó hacia dos estrellas: Tau Ceti y Epsilon Eridani. Su proyecto Ozma fue el primer intento por detectar las señales procedentes de una CET. Había nacido el proyecto SETI.
En la actualidad, desafortunadamente, la situación parece mucho más complicada. Los astrónomos han descubierto miles de líneas espectrales que emanan de más de 100 tipos de moléculas distintas en el espacio interestelar. Ejemplos importantes incluyen los 22,2 GHz a los que tiene lugar una determinada transición de la molécula de agua; igual interés presentan los múltiplos de la frecuencia correspondiente a la línea del hidrógeno. Lo cierto es que, aunque muchos autores piensan que 'el charco' es el lugar natural para buscar, podemos perfectamente vernos forzados a intentarlo en toda la ventana, desde 1 GHz hasta 30 GHz.
A lo largo de los más de 40 años que llevamos escuchando, ninguna señal inequívocamente extraterrestre y de origen inteligente ha sido aún identificada. Pero esto no significa necesariamente que no se hayan detectado. De hecho, el mismo Frank Drake fue testigo de la detección de una procedente de Epsilon Eridani, al poco tiempo de comenzar su observación. Finalmente, la señal fue atribuida a un origen terrestre. Aunque quizá la señal más famosa sea sin duda la célebre 'Wow!' que el 15 de agosto de 1977 encontrase Jerry Ehman en el observatorio Big Ear de la universidad estatal de Ohio. Un pulso intenso de 37 segundos de duración. Aún hoy en día no se sabe a ciencia cierta cuál fue su origen, aunque lo más probable es que se tratase de un satélite artificial. Nunca más volvió a encontrarse un segundo pulso procedente de la misma región del cielo.
Todo lo anterior parece de lo más razonable y parece estar bien fundamentado. Ahora bien, ¿no podría también existir una alternativa a las emisiones de radio, igualmente atractiva para los alienígenas? La respuesta es afirmativa.
A principios de la década de 1960, Arthur Schawlow, Charles Townes y Theodore Maiman descubrieron la radiación láser. Aunque los primeros dispositivos eran bastante toscos, en la actualidad resulta evidente que una CET podría perfectamente optar por comunicar su presencia mediante el empleo de pulsos láser, prefiriendo incluso este método al de las señales de radio. No solamente podría mantenerse a lo largo de distancias interestelares, sino más importante aún, representaría una prueba inequívoca de una señal artificial, de origen no natural creada por una raza inteligente. Podríamos, pues, crear una especie de SETI a frecuencias correspondientes a la región visible del espectro EM.
Esto es lo que ha hecho, en realidad, Stuart Kingsley con su proyecto COSETI. Los astrónomos profesionales han prestado atención a la sugerencia (parece ser que el equipo necesario podría estar al alcance de los aficionados) y están comenzando a desarrollar proyectos a gran escala.
Otros más audaces y osados, como John Ball, han llegado a sugerir que los fogonazos de rayos gamma que podemos contemplar desde la Tierra constituyen señales de CETs. Por contra, casi todos los astrofísicos se muestran de acuerdo en que su origen es natural.
En más de 40 años de búsqueda a lo largo y ancho de billones de canales de frecuencia no hemos encontrado nada. El silencio continúa. Algunos autores afirman que estos resultados negativos no tienen otro significado que la absoluta ausencia de civilizaciones avanzadas de tipo K2 o K3, no sólo en nuestra galaxia, sino también en nuestro Grupo Local de galaxias. Resulta discutible, por supuesto. Lo que asimismo parece no menos cierto es que, si dentro de unos cuantos años más, el sielncio persiste, podremos descartar casi con toda seguridad la existencia de civilizaciones de tipo K1 en un radio aproximado de unos 100 años luz...
18 noviembre, 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (16ª solución): Están transmitiendo pero nosotros no sabemos cómo escucharles
La paradoja de Fermi no se refiere únicamente a la falta de evidencias de visitas extraterrestres, sino también a la falta de pruebas, de señales de su posible existencia. Si el viaje interestelar resulta, de hecho, irrealizable, algo que las CETs podrían llegar a descubrir relativamente pronto a lo largo de su historia, entonces ¿por qué ocultarse? No parece haber ninguna necesidad para temer una invasión por parte de otras CETs ya que éstas no pueden afrontar el viaje y, por tanto, no pierden nada por transmitir señales y, a cambio, la recompensa no es poca: comunicarse con civilizaciones igualmente avanzadas. Además, la telecomunicación es mucho más barata que el viaje interestelar. ¿Como es que aún no les hemos escuchado? Probablemente la razón sea que no tenemos ni idea acerca del tipo de señal concreta por la que optarían dar señales de su existencia y, consecuentemente, tampoco cómo escucharles. Al fin y al cabo, si una persona viajase desde los años 30 del siglo pasado a nuestra época y decidiese montar una emisora receptora de radio, ¿cómo sabría de la existencia de la FM, por ejemplo? ¿Y qué decir de los dispositivos basados en la radiación láser, las fibras ópticas o los satélites de comunicaciones?
¿No resultaría perfectamente posible que a nosotros nos sucediese algo similar con otras CETs? Más aún, ¿no podrían ellas optar por ocultar, de alguna manera, sus transmisiones a las civilizaciones poco desarrolladas como la nuestra para no interferir en nuestro desarrollo?
Evidentemente, la cosa cambia si lo que pretenden, por el contrario, es ser escuchados. Una cosa sí debemos dar por sentado y es que todas las civilizaciones deben obedecer las mismas leyes de la física en cualquier lugar del universo. Así, el número y tipos de señales que se pueden llegar a utilizar no es tan amplio como podría pensarse en un principio. Examinaré a continuación cuatro clases: señales electromagnéticas (EM), ondas gravitatorias, haces de partículas y taquiones.
1. Señales EM
Parecen la forma más obvia de intentar establecer una comunicación. Las ondas EM se propagan a la máxima velocidad posible (la velocidad de la luz) y pueden hacerlo a lo largo y ancho de las enormes distancias intergalácticas. Si no fuera así no veríamos las estrellas y galaxias que, de hecho, vemos en el cielo.
Los seres humanos empleamos prácticamente la totalidad del espectro EM en nuestras observaciones astronómicas: infrarrojo, visible, rayos X y gamma, etc. ¿Por qué no vamos a poder hacer lo mismo que hacemos con objetos naturales con las hipotéticas señales artificiales procedentes de otras CETs? De hecho, ya tratamos en un post anterior la posibilidad de que los alienígenas construyesen esferas de Dyson. Pues bien, la esfera debe radiar hacia el exterior la energía que toma prestada de su estrella central. Más probablemente en forma de radiación infrarroja a causa de su temperatura (sobre los 200-300 K). Así que una buena manera de encontrar estas radiaciones podría ser buscando en la banda de las longitudes de onda alrededor de los 10 micrómetros.
En 1991 los japoneses Jugaku y Nishimura publicaron un estudio sobre la búsqueda de potenciales esferas de Dyson en el catálogo de fuentes estelares emisoras de radiación infrarroja. En 1996 Mauersberger y sus colaboradores también publicaron sus resultados en el número 306 de la revista Astronomy and Astrophysics acerca de la búsqueda realizada a la frecuencia de 203 GHz. Ninguna de las dos publicaciones arrojó resultados inesperados. Al fin y al cabo, las CETs podrían muy bien conocer la forma de exprimir completamente la energía de su estrella y no dejar escapar radiación por encima de la correspondiente al fondo cósmico de microondas (próximo a una temperatura de 3 K). Aun así podríamos buscar puntos en el cielo que emitiesen justo por encima de esta temperatura residual del Big Bang.
En 1980 Whitmire y Wright propusieron otra solución. Supusieron que una CET que utilizase profusamente reactores nucleares de fisión para producir energía podrían optar por deshacerse de los residuos enviándolos a bordo de cohetes con el fin de arrojarlos sobre su estrella madre. En tal caso, cuando observásemos el espectro de esta estrella deberíamos encontrar rastros de elementos como el praseodimio o el neodimio. Y podríamos hacerlo durante miles de millones de años.
2. Ondas gravitatorias
Las dos únicas fuerzas fundamentales en el universo cuyo rango de acción es infinito son la electromagnética y la gravitatoria (las otras dos, las interacciones nucleares fuerte y débil, tan sólo presentan un alcance comparable a las diminutas dimensiones del núcleo atómico). ¿Por qué no optar por enviar señales de tipo gravitatorio para comunicarse?
Para construir un sistema de transmisión de ondas gravitatorias es necesario disponer de masas enormes (del orden de la masa de una estrella) y 'perturbarlas' violentamente. No sabemos a ciencia cierta si una CET sería capaz de realizar semejante hazaña ni por qué iba a molestarse siquiera en intentarlo cuando, en definitiva, las ondas EM pueden llevar a cabo la misma misión y resultan mucho más fáciles de generar. Además, las ondas gravitatorias son mucho más difíciles de detectar. De hecho, en la Tierra todavía no lo hemos logrado y, si llegásemos a hacerlo con LIGO, aun así tan sólo será posible detectar los más violentos fenómenos astronómicos.
3. Haces de partículas
Los rayos cósmicos en forma de electrones, protones y núcleos atómicos, entre otros, pueden alcanzar la Tierra desde distancias interestelares sin problemas. Sin embargo, partículas cargadas eléctricamente no parecen constituir una forma de comunicación demasiado fiable ya que no sería posible garantizar el destino de dichas partículas. Los campos magnéticos presentes por toda la galaxia harían que sus trayectorias fueran completamente imprevisibles.
En cambio, los neutrinos (partículas subatómicas sin carga eléctrica) parecen una mejor opción, aunque ésta se desvanece cuando se considera lo extraordinariamente poco que interaccionan con la materia. Así y todo, los astrónomos han logrado desarrollar telescopios de neutrinos con los que han sido capaces de detectar estas elusivas y escurridizas partículas. ¿No podría una CET optar por enviar señales moduladas de haces de neutrinos? Quizá, pero una vez más cabe preguntarse de nuevo por qué no optarían mejor los alienígenas por hacerlo con la ayuda de ondas EM, mucho más baratas y menos exigentes desde el punto de vista tecnológico.
4. Taquiones
Podríamos, en todo caso, especular un tanto audazmente, que las CETs con un grado extraordinario de desarrollo científico-tecnológico serían perfectamente capaces de utilizar taquiones para comunicarse entre sí.
Si estas hipotéticas partículas existiesen y resultase posible modular un haz de ellas para transmitir información, sin duda constituirían una opción tremendamente atractiva en lo que respecta a las comunicaciones interestelares. Las señales taquiónicas obviarían de un plumazo la irritante pega del retraso de las señales electromagnéticas (que pueden llegar a ser de cientos o miles de años debido al valor finito de la velocidad de la luz). Desafortunadamente, no parece existir evidencia alguna de la existencia de taquiones.
Quizá ahí afuera hayan decenas de CETs comunicándose unas con otras mediante el empleo de ondas gravitatorias, neutrinos o incluso taquiones. O quizá estén enviando otras clases de señales con las que ni tan siquiera soñamos. Como no somos capaces de detectar estas señales, cabe la posibilidad que ésta sea la razón por la que aún no hemos escuchado a los alienígenas. Por otra parte, incluso para las civilizaciones avanzadas, la forma más lógica de comunicarse (siempre desde el punto de vista de los seres humanos, con nuestro actual grado de desarrollo) parece ser a través de las ondas EM. Son relativamente baratas, fáciles de producir y de detectar por civilizaciones más primitivas.
Por todas estas razones expuestas en los párrafos previos, deberíamos optar por sintonizar la radiación EM procedente de allende las galaxias. Ahora bien, siempre permanecerá en el aire una inquietante y perturbadora pregunta: ¿en qué frecuencia debemos escuchar?
17 noviembre, 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (15ª solución): ... y navegan continuamente por la Red
Resulta bastante fácil imaginar escenarios en los que una CET podría elegir desconectar del mundo real y, en su lugar, vivir en uno virtual. Por ejemplo, suponed que sus físicos hubiesen hallado una teoría del todo, y que sus biólogos hubiesen descubierto los misterios de la vida y supiesen manipularlos a nivel bioquímico, y que sus filósofos hubiesen sido capaces de combinar todos los descubrimientos científicos en un modelo consistente de todo el conocimiento. En resumen, admitamos que su ciencia estuviese completa, que todo hubiese ya sido descubierto. Más aún, imaginaos que sus ordenadores fuesen extraordinariamente potentes y que todo estuviese conectado directamente a sus cerebros mediante interfaces extraordinariamente avanzadas. Y, por último, admitamos que una CET como ésta hubiese llegado a la conclusión de que el viaje interestelar, aunque factible, resulta enormemente difícil o costoso como para merecer el esfuerzo. Puede que, en tales circunstancias, los alienígenas optasen por abandonar la exploración y/o colonización de otros mundos. Podrían, en su lugar, decidirse por investigar realidades virtuales, mucho más estimulantes y atractivas.
La verdad es que no tenemos ni idea si un escenario como el que acabamos de describir es probable. Así, se puede discutir todo lo que se desee sobre si la ciencia puede tener o no un final. Puede que esto no suceda nunca, que siempre queden metas por alcanzar, descubrimientos por hacer. Pero también puede ser razonable suponer todo lo contrario, es decir, que el universo se rige tan sólo por unas cuantas leyes físicas que explican todos los fenómenos observables. Por otro lado, se podría argumentar que resulta imposible generar una realidad virtual lo suficientemente convincente como para poder hacerla pasar por la realidad en la que vivimos. Ya discutimos también en la solución nº 7 que las exigencias a nivel de potencia de computación para tal propósito eran desorbitadas. Sin embargo, hay que distinguir entre ambas situaciones. Aquí nos estamos refiriendo no a engañar al resto de civilizaciones haciéndoles creer que la realidad artificial en la que viven es auténtica para ellos, sino más bien que la CET avanzada sea capaz de generar una realidad virtual con la que se autoengañan a sí mismos, pero de forma consciente. Y esto no requiere, ni mucho menos, unas necesidades informáticas comparables. Todo lo que necesitan, todo lo que se requiere para las simulaciones es, simplemente, satisfacer las necesidades de los participantes.
A quienes no convenzan todos los argumentos previos, os sugiero que os planteéis la siguiente pregunta: ¿de tener la opción de disponer de los medios necesarios para experimentar, en ambientes totalmente controlados y seguros, aventuras como un paseo por Marte, una cacería de dinosaurios, marcar el gol de la final en un campeonato mundial de fútbol o de disfrutar del sexo con 27 mujeres (u hombres, según vuestras preferencias) al mismo tiempo, cuántos no optaríais por ello? ¿No os habéis fijado en cómo se relaciona mucha gente hoy en día, con ayuda de ordenadores y redes sociales como Twitter, Facebook o Tuenti? ¿No sería infinitamente mejor que ver la TV, con todo el tiempo que empleamos en ello?
Sea como fuere, hay que admitir que por muy atractiva que parezca la situación anterior, siempre nos cabrá la duda de considerar si absolutamente todas las CETs optarían por la solución a la paradoja de Fermi que acabo de describiros en los párrafos precedentes. Al igual que algunos de nosotros preferimos interactuar y relacionarnos con humanos de carne y hueso en lugar de hacerlo a través del ordenador, ¿acaso no habrá también CETs que piensen de la misma manera y no limitarse a comportarse como meros 'vegetales cyberpunks'?
16 noviembre, 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (14ª solución): Están tan a gustito...
Desde que Gene Cernan se sacudiese el regolito lunar de sus botas de astronauta, en 1972, nadie más ha vuelto a poner el pie en la superficie de nuestro único satélite natural. Y tampoco parece haber planes de volver a hacerlo, al menos de momento. Algunos entusiastas aún siguen confiando en que se lleve a cabo el soñado viaje tripulado al planeta Marte, pero lo cierto es que semejante hazaña aún parece bastante improbable, al menos a corto plazo. Una suposición compartida por muchos es que una especie inteligente como la nuestra se acabará extendiendo inevitablemente por el cosmos. Entonces, ¿cómo es que aún no estamos ya ahí afuera? Quizá la premisa de la que partimos sea falsa. Quizá una simple mezcla de apatía, de desidia y de motivos económicos signifiquen que las CETs permanezcan en sus planetas de origen; puede que ésta sea la triste solución a la paradoja de Fermi. Existen razones para esperar que la suspensión de la exploración espacial tripulada constituya solamente una pausa momentánea. A medida que la tecnología avanza, el viaje al espacio se irá haciendo más barato y frecuente. Ya hemos podido ver al primer ser humano disfrutando de unas vacaciones espaciales: Dennis Tito. Y es seguro que muchos más le imitarán en el futuro. Es más, la fuerza impulsora detrás de un viaje tripulado al espacio en los próximos años bien podría ser el turismo, en lugar de la ciencia o la industria de altas tecnologías.
A fin de cuentas, existe una acuciante razón por la que deberíamos establecer colonias independientes en Marte o en hábitats de O'Neill: ayudarían a asegurar la supervivencia de la humanidad ante un eventual cataclismo global que amenazase a la Tierra. En efecto, en los últimos años hemos comprendido que habitamos en un rincón del universo peligroso. Si un meteorito de gran tamaño impactase contra nuestro planeta podríamos ser aniquilados; si un supervolcán entrase en erupción, nuestra civilización tecnológica podría derrumbarse; el cambio climático, sea cual sea su causa, podría destrozar nuestra actual forma de vida. Hemos tenido, aquí en la Tierra, una calma relativa más o menos, a lo largo de la historia de la humanidad, pero esto no representa más que un brevísimo lapso en el tiempo cosmológico. Creer en un mundo inofensivo porque nunca hayamos presenciado 'in situ' un evento de extinción global es como adoptar una actitud de persona que salta desde lo alto de un rascacielos y piensa que nada le va a suceder porque en 29 de los primeros 30 pisos no ha resultado dañado.
Podríamos, incluso, pensar más allá y plantearnos establecer colonias alrededor de otras estrellas en prevención de lo que le pudiese suceder a nuestro Sol. Una eyección de masa coronal tan sólo unas pocas veces más poderosa que la más intensa de las llamaradas solares registradas podría causarnos problemas muy serios. Definitivamente, si vivimos lo suficiente, acabaremos contemplando el final del Sol como estrella de la secuencia principal para convertirse en una gigante roja y esto sí que nos obligará a abandonar el Sistema Solar. B. Zuckerman, en 1985, en un artículo del Quarterly Journal of the Royal Astronomical Society, demostró que en caso de que nuestra galaxia albergase entre 10 y 100 civilizaciones suficientemente longevas, entonces casi con total seguridad, al menos una de ellas, se habría visto forzada a emigrar a causa de la muerte de su estrella. Si hubiese 100.000 civilizaciones de éstas, entonces la galaxia debería haber sido colonizada completamente por civilizaciones cuyas estrellas madres hubiesen abandonado la secuencia principal.
Es cierto que la raza humana aún no se ha lanzado de lleno al espacio, pero seguramente sea demasiado pronto para afirmar que nunca intentaremos el viaje interestelar. Tan sólo hemos dispuesto de la capacidad de enviar vehículos al espacio durante las últimas décadas; en el contexto de la paradoja de Fermi debemos pensar en términos de miles o millones de años. Y aunque probablemente sea infructuoso especular acerca de los motivos de unos supuestos extraterrestres, parece ser una lógica universal para el establecimiento de colonias espaciales. Una especie que ponga todos sus huevos en la misma cesta planetaria se arriesga, sin duda, a convertirse en una descomunal tortilla. Seguramente las CETs tecnológicamente avanzadas viajarán al espacio, aunque sea de forma titubeante.
La idea de que todas las CETs permanecen para siempre en su planeta de origen parece bastante improbable, a menos que dispongan de una muy buena razón para ello...
50 soluciones a la paradoja de Fermi (13ª solución): Chovinismo solar
Hasta ahora, en todas las soluciones previas, hemos supuesto implícitamente que los cuerpos astronómicos importantes ahí afuera, en el frío del espacio, son estables, que las estrellas son de tipo solar y que los planetas son acuosos como la Tierra. Pero ¿cómo saber el lugar que escogería para vivir una civilización mucho más antigua que nosotros? Puede que se requieran unas condiciones semejantes a las terrestres para la aparición y evolución de la vida, pero una vez que una civilización alcanza un nivel tecnológico avanzado y es capaz de construir su propio hábitat, cabe la posibilidad de que no desee permanecer sobre la superficie de un planeta que orbite una estrella relativamente corriente como el Sol. Tendemos a pensar que las CETs deberían mostrar un interés fuera de toda duda por colonizar, invadir o simplemente visitar sitios como nuestro Sistema Solar, pero puede que esto no constituya más que un reflejo de nuestro propio chovinismo solar. En este caso, los diferentes modelos de colonización galáctica no tienen por qué estar equivocados o ser erróneos; simplemente pueden ser inaplicables.
Un ejemplo bien conocido fue el proporcionado por Freeman J. Dyson en 1960, quien sugirió que una civilización de clase K2 (según la clasificación de Kardashov) podría muy bien optar por demoler algunos de los planetas de su sistema estelar y utilizar el material de desecho resultante con el propósito de crear una esfera que encierre a su estrella. De esta manera, toda la energía procedente de la misma sería aprovechada de forma eficiente (en la Tierra tan sólo somos capaces de transformar una pequeñísima fracción de la energía que nos brinda nuestro Sol).
Si la citada civilización K2 dispusiese de la tecnología necesaria para el viaje interestelar, entonces presumiblemente sería capaz de construir una esfera de Dyson alrededor de cualquier estrella que pudiese visitar. Por lo tanto, ¿por qué molestarse en acercarse a nuestro Sistema Solar, cuando tanta energía se encuentra disponible, por ejemplo, estrellas de tipo espectral O? Una estrella de clase O5 genera una energía 800.000 veces mayor que el Sol. Quizá por ello las CETs realmente avanzadas sean nómadas, viajando de estrella de tipo O en estrella de tipo O a bordo de imponentes naves generacionales. Podrían arribar, disfrutar de un abundante suministro de energía durante los pocos millones de años de vida útil de la estrella y después partir de nuevo antes de que se convierta en supernova. Las brillantes estrellas de tipo O constituyen ambientes no aptos para la evolución de la vida a causa de su corta vida pero, en cambio, podrían perfectamente constituir el hábitat ideal para una civilización de clase K2.
Otras alternativas mucho más especulativas y/o extravagantes admiten que las CETs muy avanzadas han descubierto la forma de extraer energía a partir de las fluctuaciones cuánticas del vacío (energía del punto cero) o de los agujeros negros. En tales casos ¿necesitarían acaso estrellas? Podrían permaneces siempre en el interior de sus naves generacionales, sin siquiera sentir la necesidad de poner el pie (o pata, tentáculo o lo que diablos tengan por extremidades) sobre la superficie de un planeta.
En definitiva, quizá la razón de que no nos hayan visitado aún aquí en la Tierra (o, al menos, de que no tengamos constancia de ello) sea que existen lugares mucho más atractivos de lo que pensamos nosotros, malditos chovinistas solares. Si éste resultase ser el caso, las suposiciones hechas para los distintos modelos de colonización galáctica son incompletos y las conclusiones obtenidas necesitan ser revisadas...
11 noviembre, 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (12ª solución): Las sondas de Bracewell - von Neumann
El viaje interestelar es ciertamente difícil, quizá poco práctico, pero no es imposible. Imaginemos una CET ligeramente más avanzada que la nuestra y supongamos que sus naves espaciales son capaces de desplazarse a una velocidad de entre el 2% y el 3% de la de la luz. Si esta CET llegase tan sólo a desarrollar sondas de Bracewell - von Neumann, poseería una estrategia para colonizar rápidamente la galaxia. De las muchas contribuciones que debemos a von Neumann, quizá la más importante sea la que tiene que ver con la teoría de la computación. Los ordenadores actuales le deben mucho a los trabajos del genio de orígen húngaro. Von Neumann se hizo la siguiente pregunta: ¿qué es la vida? Como paso previo para encontrar la respuesta desarrolló la idea de un autómata capaz de duplicarse a sí mismo. Dicho dispositivo consta de dos elementos esenciales: primero, un constructor, que manipula la materia prima que se encuentre a su alrededor con el fin de utilizarla a la hora de realizar todo tipo de tareas, incluidas las de construcción de unidades que sirvan para montar una copia de sí mismo. Un constructor universal posee la capacidad de hacer cualquier cosa, siempre y cuando disponga de las instrucciones adecuadas: Y segundo, un programa almacenado en su banco de memoria, que contiene las instrucciones necesarias para el constructor.
Uno de estos autómatas funciona de la siguiente manera: el programa le dice al constructor que haga una copia de las instrucciones del propio programa y la almacene. Entonces le dice nuevamente al constructor que haga una copia de sí mismo con un banco de memoria vacío. Finalmente, le ordena que mueva la copia del programa desde donde estaba almacenada hasta el nuevo banco de memoria. El resultado es una reproducción del dispositivo original que puede funcionar y desenvolverse en el mismo ambiente y volver a auto-replicarse.
Por supuesto, von Neumann no dio detalles explícitos de cómo construir uno de estos autómatas. Incluso hoy día estamos lejos de poder fabricar uno, pero se cree que en unas pocas décadas podría ser posible. Tampoco estaba interesado en utilizar sus autómatas en la exploración espacial, sino más bien en el proceso de la vida y creía que las células, de alguna manera, debían comportarse como estos autómatas auto-replicantes. Actualmente, sabemos que tenía razón y que, en efecto, los ácidos nucleicos son el programa y las proteínas juegan el papel del constructor.
Las sondas no tripuladas evitan toda una serie de problemas tales como la comida, el agua, soporte vital, etc. Tampoco constituye una gran utilidad una sonda con microorganismos colonizadores. Si la CET pretende aprender de otros mundos, resulta mucho más interesante utilizar sondas de Bracewell - von Neumann, llamadas así en honor a Ronald Bracewell, quien fue el primero en sugerir la utilidad de las sondas basadas en los autómatas de von Neumann para la exploración y colonización interestelares.
Una de estas sondas puede ser pequeña y albergar solamente un único autómata. Tras alcanzar la estrella de destino, aquél comenzaría el proceso de auto-réplica. Si fuese necesario, enviaría señales a su planeta de origen y viceversa, con lo que el programa informático podría revisarse y actualizarse debidamente, siempre en función de las circunstancias y necesidades. Justo después de la llegada al nuevo mundo, habría una plétora de sondas, cada una llevando a cabo su tarea preprogramada: explorar el sistema planetario, enviar información al planeta de origen, construir un hábitat para la posterior colonización e incluso 'despertar' embriones congelados a bordo. Algunos podrían viajar en dirección a otra estrella, donde el proceso volvería a repetirse.
Si las sondas viajasen a una modesta velocidad de c/40 y lo hiciesen con un destino programado en una dirección concreta y no distribuidas de forma aleatoria, en unos 4 millones de años se podría colonizar la galaxia. Este tiempo es más corto que el estimado en otros modelos de los que hemos visto en las soluciones anteriores a la paradoja de Fermi, como el de Newman-Sagan o el de Fogg, pero tampoco nos debe extrañar porque en el modelo de Bracewell - von Neumann, las sondas no necesitan permanecer en un sistema planetario y esperar por los colonos a quienes transmitir las instrucciones y normas de procedimiento. El proceso es rápido y barato; en una palabra, eficiente.
Ahora bien, ¿pueden construirse estas sondas? ¿Pueden fabricarse autómatas auto-replicadores inteligentes? Obviamente, la respuesta es afirmativa ya que los seres humanos somos la mejor prueba de ello. Como ha señalado John Watson, quizá no seamos más que sondas de Bracewell - von Neumann creadas por alguna tecnología alienígena suficientemente avanzada.
Sea como fuere, lo cierto es que restan dificultades técnicas importantes por superar antes de que seamos capaces de construir sondas de Bracewell - von Neumann. Quizá dentro de unos cuantos siglos hayamos superado estos problemas. Al fin y al cabo no parece haber ninguna ley física en contra. La colonización de la galaxia resulta tecnológicamente posible; es rápida y es barata. Incluso si el propósito consiste en establecer contacto más que en la colonización propiamente dicha, Bracewell demostró que existen circunstancias bajo las cuales las sondas se muestran más efectivas que las señales de radio, por ejemplo. ¿Dónde están entonces estas sondas?
Evidentemente, no son como las sondas que hemos visto hasta ahora, sino que éstas pueden desmantelar planetas enteros, controlar proyectos de astroingeniería y colonizar la galaxia en un abrir y cerrar de ojos (a escala cósmica, se entiende). Sin embargo, no parece haber evidencia alguna de tales sondas.
Hasta en el hipotético caso de que una CET dispusiera de la habilidad para construir sondas de Bracewell - von Neumann, quizá podrían optar por no desplegar su tecnología. Después de todo, puede conllevar riesgos. Efectivamente, al ser capaces de reproducirse son susceptibles de cometer errores e irremediablemente aparecerán mutaciones así como un proceso de evolución. La galaxia podría ser, entonces, el hogar de diferentes 'especies' de sondas, cada una con su propia interpretación de sus objetivos.
Ya que la colonización de la galaxia mediante sondas parece ser un proceso directo, algunos autores sostienen que existe una fuerte motivación para que una CET se involucre en el proceso: si la especie X no lo hace, lo hará la especie Y...
50 soluciones a la paradoja de Fermi (11ª solución): La percolación
Los modelos de colonización que hemos visto hasta ahora afrontan la paradoja de Fermi en términos del tiempo empleado por una CET en dispersarse por toda la galaxia. Uno de los más recientes, propuesto por Geoffrey Landis en 1998, presenta una solución basada en tres puntos claves:- El viaje interestelar es posible, pero muy dificultoso. No hay cristales de dilitio ni motores warp, como en la ciencia ficción; tan sólo un largo y lento trayecto hasta las estrellas más cercanas. Landis argumenta que existe una distancia máxima más allá de la cual una CET no puede establecer directamente una colonia. Los terrícolas, por ejemplo, podremos un día establecer una en las proximidades de Tau Ceti (a unos 12 años luz de la Tierra) pero nunca lo lograremos, pongamos por caso, en el cúmulo de las Híades (a más de 150 años luz de nosotros). Cualquier CET llegará a descubrir que solamente hay un pequeño número de estrellas adecudas para la colonización y dentro de la distancia máxima a la que pueden viajar desde su planeta de origen.
- Debido a la dificultad del viaje interestelar, Landis supone que la civilización padre, la que haya dado comienzo el proceso colonizador, poseerá únicamente un débil (o quizá inexistente) control sobre sus colonias. Si la escala temporal en la que la colonia desarrolla su propia capacidad de colonización es larga, entonces cada una poseerá su propia e independiente cultura.
- Una civilización será incapaz de asentar una colonia en un planeta ya colonizado, es decir, la invasión es improbable, justamente debido a la extraordinaria dificultad y esfuerzo que cuesta el viaje interestelar. Decididamente, a Landis no le convence Independence Day...
Finalmente, Landis propone una regla: una cultura puede poseer o no el instinto para colonizar. Una CET que lo tenga establecerá, finalmente, colonias en las proximidades de todos los sistemas estelares a su alcance. Pero una CET sin estrellas no colonizadas dentro de su alcance desarrollará inevitablemente una cultura que adolecerá de falta de instinto colonizador. En consecuencia, toda la colonia tendrá una cierta probabilidad p de convertirse en una civilización colonizadora y una probabilidad 1-p de convertirse en no colonizadora.
Las tres suposiciones básicas anteriores, junto con la regla final, constituyen lo que se llama un problema de percolación. La percolación es la forma que tiene, por ejemplo, de moverse un líquido a través de un medio poroso, pero también se ha podido aplicar el mismo modelo físico-matemático al estudio de la propagación de los incendios en los bosques, la formación de estrellas en galaxias espirales o a la expansión de una enfermedad contagiosa.
En esencia, la percolación consiste en una forma de ir llenando con objetos una cuadrícula (algo similar a un crucigrama, en dos dimensiones) o una malla cúbica (en tres dimensiones) formada por casillas vacías en principio. Estrictamente hablando, la teoría sólo es válida para disposiciones infinitamente grandes y tampoco necesita ser bidimensional ni tridimensional. De todas formas, por claridad, conviene imaginar una cuadrícula en dos dimensiones. Si se elige de un tamaño N x N, habrá p x N casillas ocupadas y (1 - p) x N vacías. Si el valor de p es grande habrá muchas casillas ocupadas; por contra, un valor pequeño de p indica una gran cantidad de casillas vacías. Dos casillas adyacentes ocupadas se llaman vecinos y grupos de vecinos se denominan cúmulos (en una celda cuadrada, como máximo, cada casilla solamente puede tener cuatro vecinos). Un cúmulo que abarque toda la anchura o toda la altura de la cuadrícula (se puede trazar un camino todo él formado por vecinos, de un extremo al otro) recibe el nombre de cúmulo de expansión (spanning cluster). Para una malla infinita, un cúmulo de expansión solamente se da cuando la probabilidad p es mayor que un cierto valor crítico pc. Y bien, ¿qué relación guarda todo esto con la paradoja de Fermi?
Si Landis está en lo cierto, se puede utilizar la percolación para simular el flujo de una CET por toda la galaxia. Incluso alguien con un conocimiento básico de programación en un ordenador puede llevar a cabo un estudio de percolación. Como en cualquier problema que involucre este tipo de modelos matemáticos, la disposición de las casillas ocupadas en la red final depende de los valores relativos de p y pc. En el modelo de Landis, si p < pc la colonización siempre finalizará tras un número finito de colonias. El crecimiento tendrá lugar en los cúmulos y el contorno de cada cúmulo consistirá en civilizaciones no colonizadoras. Si p = pc los cúmulos exhibirán una estructura en forma de fractal, con volúmenes tanto de espacio vacíos como llenos y en todas las escalas. Por último, si p > pc los cúmulos de colonización crecerán indefinidamente, pero existirán pequeños vacíos (espacios que están rodeados por civilizaciones no colonizadoras). Algo similar a la estructura interna de un queso suizo muy famoso.
El modelo de percolación sugiere, pues, que los alienígenas colonizadores aún no han alcanzado la Tierra por una de estas tres razones:
1. p < pc y cualquier colonización que haya tenido lugar se ha detenido antes de llegar a nosotros.
2. p = pc y la Tierra se encuentra en uno de los grandes volúmenes de espacio no colonizados que inevitablemente aparecen.
3. p > pc y la Tierra está en uno de los pequeños vacío aún sin ocupar.
¿Cuál de las explicaciones anteriores es más probable? Para saberlo debemos conocer el valor de p y también el número típico de estrellas disponibles para la colonización. Por supuesto que no tenemos ni idea de cuánto puede valer la probabilidad de colonización. Pero Landis tomó el valor p = 1/3, que es tan bueno como cualquier otro. En cuanto a los lugares adecuados para la colonización, Landis opta por los alrededores de estrellas suficientemente similares al Sol. En una esfera de 30 años luz de radio con centro en la Tierra solamente se encuentran 5 estrellas candidatas. Estos valores producen un modelo próximo al crítico: hay grandes volúmenes de espacio colonizados e igualmente grandes volúmenes de espacio vacíos. Según el propio Landis, aún no hemos sido visitados por las muchas CETs existentes en la galaxia porque habitamos precisamente en uno de los vacíos.
Hay que reconocer que el modelo de la percolación es sumamente atractivo. La resolución de la paradoja de Fermi surge de forma natural como una de las consecuencias posibles del modelo. Por descontado que se le pueden poner pegas y el mismo Landis así lo hace en su artículo. Por ejemplo, se ignora el peculiar movimiento propio de las estrellas y aunque es lento, el modelo se vería afectado.
Por otro lado, se podrían introducir mejoras, como pueden ser el contorno de las galaxias, las zonas habitables y la distribución real de las estrellas. Asimismo, resultan cuestionables algunas de las hipótesis del modelo, como la existencia de un horizonte más allá del cual ninguna civilización podrá llevar a cabo la colonización o la de que tan sólo unas pocas estrellas adecuadas caen dentro de ese horizonte. Una civilización avanzada muy bien podría encontrar posible o preferible construir hábitats alrededor de una variedad de tipos estelares. Más aún, el modelo de Landis supone que la colonización es llevada a cabo directamente por miembros de una CET. Si el proceso fuese encargado a sondas artificiales, por ejemplo, ya no vendría descrita ni se ajustaría a un modelo matemático de percolación.
Aun si todo lo anterior explica por qué no hemos sido visitados, surge la misma duda de siempre, que no es otra que la ausencia de señales electromagnéticas u otras. Si uno de los casos en que p es mayor o igual que pc es cierto y estamos ocupando uno de los vacíos rodeado por todos lados de civilizaciones avanzadas, la cuestión es particularmente significativa. Incluso si las civilizaciones hijas son independientes de sus padres, ¿ es seguro que querrán continuar comunicándose entre ellas? Mantener el contacto a través de señales electromagnéticas sería trivial, en comparación con la dificultad del viaje interestelar. Resulta bastante difícil creer que todas estas civilizaciones viajasen y adoptaran una postura de guardar silencio. ¿Por qué entonces no tenemos noticias de ninguna?
NOTA: Con esta entrada participo en el VI Carnaval de Matemáticas, organizado por el blog de Sangakoo.
08 noviembre, 2010
Yo no soy Carl Sagan y esto no es un blog de ciencia...
Con todo mi agradecimiento y admiración para mi segunda neurona, PilarZ, la única mujer del mundo hecha de auténtica aleación Z. Sin su empujón no lo hubiera escrito. Tete, a ti también te quiero y te admiro.Hace días que este post me ronda la cabeza, pero en cada ocasión que me he situado delante del teclado de mi ordenador a escribirlo no sabía muy bien cómo comenzar y siempre acababa dejándolo para otro momento. Así que pensé: ¿por qué no comenzar justamente así, explicando mi incapacidad para llevar a cabo lo que pretendía? Y aquí estoy, con el primer párrafo escrito. Ahora ya es todo mucho más fácil.
Bien, pasado el mal trago y vencido el célebre síndrome de la página en blanco, dejadme que os cuente unas cuantas cosas que me bullen en mi interior y que no puedo aguantar por más tiempo. Hace unas semanas alguien me dijo en Twitter (ahora no recuerdo quién fue exactamente, pero esto tampoco es relevante) que este blog era lo más parecido a Carl Sagan. La verdad es que sufrí una sacudida y no daba crédito a lo que estaba leyendo. Compararme a mí con uno de mis ídolos de juventud, uno de los maestros de tantas y tantas generaciones de personas aficionadas a la ciencia y a su divulgación a lo largo y ancho de todo el mundo. Pensé que era muy bonito, un piropo tremendo y me sentí muy halagado. Pero una vez pasada la euforia, me detuve por un momento a reflexionar y, por supuesto, caí en la realidad, en la terrible, acerada y dura realidad. Por supuesto, no soy digno ni en un uno por ciento. ¿Quién demonios soy yo? ¿Qué es exactamente este blog? ¿Cuál es nuestra misión? ¿Tiene sentido alguno escribir esta página? ¿Para qué y para quiénes? ¿Realmente desempeñamos, tanto FCF como yo mismo, un trabajo que merezca la pena, que sirva de faro a alguien que lo necesite de veras? ¿Se nos echaría de menos si desapareciésemos?
No son preguntas meramente retóricas, no os vayáis a pensar. Son interrogantes que me pasan continuamente por la cabeza, pero sé de sobras que las respuestas pueden ser de todas las clases, tanto en un sentido como en el contrario. Soy consciente de que hay gente que lee FCF y gente a quien gusta FCF, incluso a la que le gusta mucho FCF. Pero, siendo sinceros, ¿esa gente necesita de veras FCF? Sinceramente, no lo creo. La blogosfera está cada día más llena de blogs de divulgación científica, de estupendos blogs de divulgación científica. Cierto es que casi ninguno son como éste, y me explico: unos traducen artículos de otras webs y nos los hacen llegar estupendamente en el idioma de Cervantes; otros se dedican a contarnos de forma más o menos agradable y amena curiosidades científicas llamativas, chocantes, impactantes; en algunos casos hay blogs más sesudos y profundos, no al alcance de todo el mundo, que intentan hacernos llegar las últimas publicaciones de las revistas científicas más prestigiosas. Pero FCF es distinto a todos ellos. Y es que este blog no se limita a ser un noticiario (y no quiero restar un ápice de interés y mérito a esta labor, absolutamente necesaria), sino que intenta, y yo lo hago con la mayor ilusión e interés de lo que soy capaz dentro de mis limitaciones, incluir esas noticias en los posts de forma sutil, haciendo que formen parte del propio cuerpo del post. Y más importante que esto es la labor educativa, formativa de FCF. Aquí no sólo se dan noticias, no sólo se integran los últimos descubrimientos procedentes de las más recientes publicaciones. Aquí se explican las leyes de la física, los principios rigurosos que están detrás de esas publicaciones prestigiosas.
Hace unos días leí una web donde se decía que FCF no es un blog de ciencia, sino más bien de sociedad, donde se corta y se pega de otros sitios, donde no se citan las fuentes ni las referencias bibliográficas utilizadas. No os diré la procedencia de semejantes comentarios porque no quiero hacerle publicidad en absoluto a semejante mentecato ignorante y atrevido, pero en cambio sí que tengo que reconocer que quizá no le falte un poquito de razón. Probablemente dicho comediante no tenga muy clara la definición de ciencia, ni tampoco la de sociedad. Quizá semejante panoli sabiondo de pacotilla formado en alguna escuela de mediocres no distinga muy bien entre lo que sale de mi cerebro y es creación absoluta y original de mi propio intelecto y lo que piensa que hacen los demás (él incluido). Seguramente este anormal poco dotado intelectualmente piense que cada vez que comento y explico por qué Superman no puede levantar la falla de San Andrés y acudo a las centenarias leyes de la mecánica newtoniana, debo citar sin remedio los Principia Mathematica de sir Isaac Newton. Pues no, amigo mío, no. Estás muy equivocado. Se citan fuentes cuando tu trabajo está claramente inspirado en el de otros, no cuando aplicas tus milenarios conocimientos a resolver problemas y cuestiones que te planteas en determinado momento, aunque otros se las hayan planteado antes que tú. ¿O acaso hay que citar a Pitágoras cada vez que movemos el sofá de una esquina a otra de nuestro salón cruzando en diagonal, en lugar de llevarlo a lo largo de las paredes laterales? ¿Hay que citar los Elementos de Euclides en cada ocasión que empleemos la geometría en nuestra vida diaria? ¿Dónde está escrito que las fuentes tengan que ir necesariamente colocadas al final del post? ¿No sabes que una fuente se puede citar en el propio campo del texto, en forma de hiperenlace? ¿O es que eres tan sumamente necio que no admites formas nuevas y originales de cita y/o referencia?
Aún me sigo preguntando qué entiende exactamente este individuo por un blog de ciencia. ¿Será una versión de Nature o Science, en versión web? ¿Tiene que hacer ciencia un blog de ciencia? ¿No sirve contar ciencia, simplemente ( y no es poco)? Si esta es su definición de blog de ciencia, entonces estoy de acuerdo con el autor de las críticas. Pero entonces también tengo que decir que, personalmente, no conozco ningún blog de ciencia. ¿Existe alguno? ¿Quién hace ciencia en su blog? ¿La hace Phil Plait, el celebérrimo autor de Bad Astronomy? Seguramente sí, ya que en su último libro 'La muerte nos llega del cielo' no cita absolutamente fuente alguna, ni referencia bibliográfica ni nada que se le acerque. Quizá haya investigado por sí mismo y haya llegado personalmente a todos los resultados de investigación de los que habla en el texto. ¿Quién lo sabe? También tengo libros en mi biblioteca particular que se disculpan al principio por no citar todas sus fuentes, pues las han perdido o simplemente no las recuerdan. ¿Debo llevarme las manos a la cabeza y enloquecer dando gritos y clamando venganza? ¿Debería renunciar a hablar o escribir sobre algo que aprendí alguna vez en algún sitio que no recuerdo y que ya forma parte de mi conocimiento asimilado?
Lo que sí sé y muy bien es que todos mis artículos, todos mis trabajos los tengo escritos a mano de mi puño y letra en cuadernos de papel. Todos y cada uno de ellos comienzan por la fuente original de donde salió la información, escrita en brillante tinta roja. Pero no se trata de copias, ni plagios. Siempre pretendo utilizar esas fuentes para ir más allá de donde lo dejaron sus autores. Siempre persigo un fin didáctico, divulgativo y, sobre todo, sincero y honesto con mis lectores. En determinadas ocasiones lo consigo mejor y, en cambio, otra veces la cosa no funciona tan bien como desearía. Pero de aquí a decir que este blog se basa en el 'corto, copio y pego', que no es ciencia, va un mundo.
La ciencia es esa luz en la oscuridad de la que hablaba Carl Sagan, ese faro que ilumina nuestro camino por el universo, que nos hace mejores, más críticos, más escépticos. En definitiva, más seres humanos y menos animales irracionales. La ciencia no constituye únicamente un compendio de conocimientos rigurosos, basados en leyes universales, puestas a prueba una y otra vez. La ciencia es una forma de pensar, una manera de afrontar la vida, la privilegiada posición que se nos ha otorgado en el mundo, un estilo único e inconfundible de proceder. Se diferencia absolutamente de las pseudociencias, desafortunadamente cada vez más populares.
El papel de este blog está muy claro, desde el primer post que escribí ya hace casi cuatro años y medio. Su objetivo es el mismo que persigo en mis clases en la universidad: fomentar y desarrollar aptitudes y actitudes científicas en los cerebros de mis estudiantes. ¿Ambicioso? Puede, pero ¿qué se pierde por intentarlo?
No es una misión fácil, pero no por ello se ha de renunciar. Siempre me han gustado los retos, desde que descubrí que dentro de mi cráneo había algo capaz de pensar por sí mismo. Proponerme intentar llevar la física a personas de todo tipo de perfil intelectual puede ser osado, incluso pecar de iluso, pero bien sabéis que lo he intentado con todas mis fuerzas. Aún lo sigo intentando, pero últimamente he visto mis enormes fuerzas flaquear. Y entonces, como la mayor de las contradicciones, es cuando me ha vuelto a iluminar la luz de la razón y me he dicho: ¿Qué cojones? A la mierda todos los putos mediocres del mundo. Vale, yo no soy Carl Sagan y puede que este no sea un blog de ciencia. ¿Y a quién hostias le importa? Vale, a mí me importa, porque tengo un ego como un tren de mercancías, pero así y todo yo soy el menos importante. Lo verdaderamente importante es la ciencia. Y aquí va a seguir habiéndola, guste o no, agrade más o menos, salga de las fuentes que salga. Eso sí, serán citadas debidamente cuando sea menester. Como lo han sido siempre...
Fuente: Mi puto cerebro, Sergio L. Palacios (Ph. D.), Journal of mental taraos and absolutely superior intelects, Vol. 69, p. 69-96. November 2010.
06 noviembre, 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (14ª solución): Están tan a gustito...
Desde que Gene Cernan se sacudiese el regolito lunar de sus botas de astronauta, en 1972, nadie más ha vuelto a poner el pie en la superficie de nuestro único satélite natural. Y tampoco parece haber planes de volver a hacerlo, al menos de momento. Algunos entusiastas aún siguen confiando en que se lleve a cabo el soñado viaje tripulado al planeta Marte, pero lo cierto es que semejante hazaña aún parece bastante improbable, al menos a corto plazo. Una suposición compartida por muchos es que una especie inteligente como la nuestra se acabará extendiendo inevitablemente por el cosmos. Entonces, ¿cómo es que aún no estamos ya ahí afuera? Quizá la premisa de la que partimos sea falsa. Quizá una simple mezcla de apatía, de desidia y de motivos económicos signifiquen que las CETs permanezcan en sus planetas de origen; puede que ésta sea la triste solución a la paradoja de Fermi. 50 soluciones a la paradoja de Fermi (13ª solución): Chovinismo solar
Hasta ahora, en todas las soluciones previas, hemos supuesto implícitamente que los cuerpos astronómicos importantes ahí afuera, en el frío del espacio, son estables, que las estrellas son de tipo solar y que los planetas son acuosos como la Tierra. Pero ¿cómo saber el lugar que escogería para vivir una civilización mucho más antigua que nosotros? 














