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24 agosto, 2010

El fantasma de Tom Joad en Mojave

El fantasma de Tom Joad en Mojave: "

Hijo: ¿De quién es la culpa?

Agente: Ya sabes quién es el dueño de la tierra. La Shawnee Land y Cattle Company.

Padre: ¿Y quién es Shawnee Land y Cattle Company?

Agente: No es nadie. Es una empresa.

Hijo: ¿Tienen un presidente, no? ¿Tienen alguien que sepa para qué es una escopeta?

Agente: Oh, chico, no es culpa suya, porque el banco le dice qué hacer.

Hijo: Muy bien, ¿dónde está el banco?

Agente: En Tulsa. ¿Para qué tomarla con él? Allí no hay nadie excepto el administrador. Y ya está medio loco tratando de cumplir con las órdenes que llegan del Este.

Hijo: Entonces, ¿a quién disparamos?

Agente: Amigo, no lo sé. Si lo supiera, te lo diría.




Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath, 1939) – John Steinbeck

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Al día siguiente tenía un examen de Literatura, pero el problema era que aquella tarde ya me pesaban de alguna forma extraña los 18 años recién estrenados. Era el día de mi cumpleaños y yo tampoco estaba para tirar cohetes. Acababa de cagarla en un examen de Historia y me daba la sensación que era la peor forma de inaugurar mi mayoría de edad. Para colmo, era lunes, y odiaba los lunes.


A media tarde, llegué a casa y sobre la cama me esperaba el regalo de mi madre, que había dejado antes de irse a trabajar. Era un disco. Ella sabía de mi ceguera por Bruce Springsteen. Hacía unos meses que había descubierto su música y poco a poco me iba haciendo con sus álbumes, que llegaban a mis manos como pergaminos de desconocidas rutas en las que adentrarse. Aquel disco se llamaba The Ghost of Tom Joad (El fantasma de Tom Joad), y marcaba una única ruta: la Ruta 66.


Recuerdo que pasé olímpicamente de estudiar no sé cuántos nombres de escritores y memorizar cada una de sus obras con sus características y estilos que no entendía. Agarré The Ghost of Tom Joad y lo coloqué en la cadena de música. En aquella solitaria casa, sólo estábamos lo que Bruce tenía que transmitir y yo. No entendía una palabra de lo que decía pero lo cogí al vuelo. O al menos así lo sentí, mientras observaba esa carátula difuminada en tonos impresionistas que parecía indicar que algo se estaba cociendo en otro sitio lejos de donde yo estaba. La armónica punzaba cada segundo más fuerte y un nombre se quedó grabado al final del todo: The Grapes of Wrath.


Un amigo me dijo mucho tiempo después que este álbum trataba sobre las fronteras, reales y emocionales, que separan a un hombre con su entorno. Y hoy me sigue pareciendo la mejor definición posible sobre el disco. Porque, con The Ghost of Tom Joad sonando en mi habitación aquel cumpleaños, fui consciente de cruzar una frontera, sin saber muy bien cuál. La tierra nueva en la que me adentraba traía polvo y se masticaba tan cruda que te descolocaba el gesto.


Pronto me hice con un ejemplar de bolsillo de Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath). Aunque cueste creerlo, la influencia del disco de Springsteen poco tuvo que ver. La novela de John Steinbeck hablaba por sí sola. El disco de Bruce era un emocionante homenaje, pero la historia de Steinbeck partía el alma. Con cada paso de Tom Joad, la tortuga y toda la familia, tú contenías el aire. Las Uvas de la Ira se había convertido en el libro de mi vida.


Con 18 años, a punto de terminar el COU, cuando el orientador del colegio te decía que lo tuyo era ser empresario y el vecino de toda la vida que Periodismo no traía más que hambre y siempre era mejor hacer Publicidad o Marketing con no sé que apellido, me prometí ser periodista porque John Steinbeck fue periodista. Seguramente, lo que quería era ser Bruce Springsteen, subido a un escenario y cantando cada noche con mi guitarra, pero consciente de mis tremendas limitaciones terminaba siempre mirando si el bolígrafo tenía tinta, antes que buscando el enchufe para una guitarra que nunca existió.


Ese sentido del reportaje, de la crónica social, del valor humano, han sido las motivaciones más importantes para creer en una profesión en la que muchas veces cuesta creer. Serviría un capítulo de alguno de los libros de este periodista estadounidense, que vivió en Nueva York durante sus años de joven reportero y terminó muriendo allí mucho después, para señalar el camino a muchos que, como yo, se pueden perder a las primeras de cambio.




El camino que marca Las Uvas de la Ira es la Ruta 66. Ese rumbo lo cogí hace años, después de vivir en Nueva York. Era el colofón a un pequeño gran sueño personal. Durante ese viaje, fue evidente que la Ruta 66 estaba trillada y había pegatinas allí donde antes había naranjas. Sin embargo, valía que un día el sol se pusiese en mitad de la carretera para justificar el viaje. También valía pasar por algún punto de la novela, tan extraordinario aún hoy como hace décadas.


Uno de ellos es el desierto de Mojave, donde el alba rodeó a la familia Joad antes de llegar a los viñedos y los huertos cultivados de California. Lo crucé en pleno mediodía, con el coche amagando con la reserva y quedarse sin gasolina. Afuera, abrasaba el aire. Pese a todo, crucé sin preocupaciones. En mi cabeza habitaban las peripecias de los Joad, tal vez también las fotografías en blanco y negro de Dorothea Lange, tan asociadas con ese transcurrir literario.


Pero, más allá de la ficción, habitaba la realidad de la que había sido (y todavía es) la tierra prometida para miles de inmigrantes mexicanos, chinos y filipinos a los que se explotó sin piedad y se terminó expulsando cuando empezaron a dar muestras de rebelarse o de querer organizarse para defender sus derechos. Mi realidad se hallaba cruzando Mojave. Sentía el mismo extraño sentimiento masticado que cuando leí Las Uvas de la Ira. Tal vez, era mi estúpido homenaje a la obra de Steinbeck. Mojave era una travesía, como una prueba de fuego en tierra quemada para dar con algo.


Sonando The Ghost of Tom Joad de Springsteen, Mojave se coló en mis huesos. Temblaban mis pensamientos. “El predicador saca un misal de su saco de dormir / Enciende una colilla y le da una calada / esperando el momento en que el último sea el primero y el primero sea el último”, cantaba con voz seca Springsteen. Y me acordé del viejo Steinbeck, que decía que su símbolo era Pigasus, un cerdo volador, “atado a la tierra pero aspirando a volar”. Tomé a Pigasus también como mi símbolo, porque con Mojave abierto al sol sentí que siempre sería mejor ser un cerdo que aspira a volar que un pájaro enjaulado.











PD 1. Tal vez, el verano, tal vez, la nostalgia de aquellos días, en esta ruta norteamericana estoy volviendo a rememorar parte de mi viaje por el Oeste de Estados Unidos. Aprovecho para recomendar el blog Motel Americana, de María Sánchez y Álvaro Llorca, también en El País. Ambos recorren la tierra del Tío Sam de costa a costa y ponen su particular banda sonora al mismo con entrevistas y reportajes.


PD 2. Dedicado este post a José Andrés Rojo, ex jefe de Cultura de El País y hoy en la sección de Opinión, por sus amables y desinteresadas palabras para con este blog. Rojo es autor del blog cultural El rincón del distraído.

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13 agosto, 2010

En recuerdo de Bobby Hebb, autor de la imperecedera ‘Sunny’

En recuerdo de Bobby Hebb, autor de la imperecedera ‘Sunny’: "

El cementerio digital en el que a veces se convierte este blog tiene hoy que despedir a un músico bastante desconocido pero autor de una composición versionada por todos. Se hace necesario rendir un pequeño homenaje a Bobby Hebb.


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Sólo tuvo un éxito pero es más que suficiente para que los aficionados de la mejor música negra lloren su muerte. Bobby Hebb, fallecido a los 72 años el pasado 3 de agosto, era el autor de <<Sunny>>, una de las canciones más versionadas de la historia, pieza imperecedera de soul, que tomó tantos y maravillosos ropajes como grandes cantantes y bandas quisieron vestirla a su estilo desde la grandilocuencia de Frank Sinatra hasta la desmesura de James Brown.


Hijo de un matrimonio ciego que le enseñó a tocar la guitarra, la existencia artística que le tocó vivir a Hebb fue, como mínimo, singular. A pesar de que se hizo célebre cantando por la llegada de “días brillantes”, estos llegaron tan rápido como se fueron, tras el fulgurante ascenso de <<Sunny>>. Nunca más alcanzó una conquista igual que la de 1966 cuando la canción cruzó como un rayo la frontera de las listas de R&B y llegó al número dos de Billboard. Era el tema del momento en Estados Unidos. Esa repercusión le llevó aquel año a girar con los Beatles, ya por entonces el mayor fenómeno musical de la historia. Después siguió componiendo, como <<A Natural Man>> para Lou Rawls, que recibió un Grammy en 1971, pero su llama se fue apagando.


<<Sunny>> estaba destinada a ser patrimonio popular, relegando a su autor a un segundo plano. Con ese adorable y delicado crescendo de metales arropado por unos tímidos coros femeninos, radiaba una contagiosa inocencia. La fina voz de Hebb cantaba ilusionada, recitando frases simples pero evocadoras (“ayer mi vida estaba llena de lluvia… está soleado… me sonreíste y alivié mi pena”). Sin artificios, radiante de sinceridad y humanidad, guardaba la empatía de las mejores composiciones de soul de la historia. Como ellas, tenía el secreto de ensanchar el alma. Tal vez, por eso, el país entero la abrazó efusivamente.


Hebb compuso <<Sunny>> como una oración esperanzadora cuando se encontraba en plena tormenta vital, afligido por una doble tragedia. El 22 de noviembre de 1963, EE UU quedó conmocionado por el asesinato del presidente John F. Kennedy. En plena lucha de los derechos civiles, Hebb, un negro de Tennessee, sintió que la promesa de cambio en su agitado país fue acribillada vilmente. Dos días después, su hermano Hal fue asesinado a cuchilladas en la puerta de un local en Nashville, ciudad natal de ambos. Devastado pero con temple, el músico escribió <<Sunny>>, que más tarde grabaría en los estudios Bell Sound de Nueva York. Algunos quisieron ver en la canción una llamada a Dios, más cuando su autor decía que la cantaba para alejar a los malos espíritus.


Lo único cierto es que aquella plegaria había nacido para ser un clásico. Durante años, <<Sunny>> llegó a oídos de medio mundo en la voz de otros magníficos cantantes. Influenciados por el jazz vocal, Ella Fitzgerald y Frank Sinatra hicieron versiones repletas de estilo y algo más festivas. La voz de Dusty Springfield, recubierta de destacados arreglos orquestales, la bañó de urgencia. Por su parte, Marvin Gaye, con su habitual maestría, enlazó con el hermoso lamento latente del original mientras Stevie Wonder incluyó una emocionante armónica. Electric Flag la otorgó un ropaje más contundente con su poderoso blues eléctrico. Y James Brown la rescató en sus conciertos para revolucionar su ritmo, aunque fue el grupo Bobby Boney M el que añadió bases para hacerla un éxito en las pistas de baile.


Ciertamente, la lista es interminable. En el año 2000, la organización de derechos de difusión y autor de EE UU (BMI, en sus siglas en inglés) situó a Sunny en el puesto número 25 de las 100 canciones más divulgadas de la historia. Por entonces, Hebb, quien de joven tocó con Bo Diddley y se convirtió en uno de los primeros afroamericanos en actuar en el legendario programa radiofónico de country Grand Ole Opry, llevaba años sin sacar un disco y vivía recluido en su mansión de Salem (Massachusetts), aunque seguía cantando en un reducido circuito de locales. Anciano y olvidado, Hebb aseguraba haber escrito más de 3.000 canciones para decenas de músicos. A la vista de los resultados, a nadie, o a casi nadie, le importaba, como tampoco nadie, o casi nadie, se acordaba ya del autor de <<Sunny>>.











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05 agosto, 2010

Roy Orbison, la soledad como estado mágico

Roy Orbison, la soledad como estado mágico: "
El otro día, en esta ruta norteamericana, uno de los lectores hablaba de la emoción que sentía cuando escuchaba la intensidad de Nick Cave. Es comprensible. Hoy, recupero el artículo sobre Roy Orbison que escribí dentro de mi sección en la revista Efe Eme. Como pueda ser Nick Cave, la música de Roy Orbison me produce una emoción tan intensa que es difícilmente explicable. Cautiva y no hay más.

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'A nadie se le parte el corazón por el primer amor. Sólo por el último”

“La ley de la horca” (“Tribute to a Bad Man”, 1956), dirigida por Robert Wise.


Cuando el rock’n’roll se popularizó a finales de los cincuenta, Roy Orbison podía haber sido una superestrella, un ídolo juvenil de masas, pero fue un hombre solitario. Como tantos que desfilaron por los cincuenta y setenta, podía haber sido uno de esos chicos con una voz especial y un marcado estilo que se instalaban en las listas de éxito como fulgurantes aves de paso, mientras firmaban autógrafos y bebían las mieles de la fama, pero Roy Orbison no estaba llamado a sonreír al primer tiro de cámara. Tras sus gafas de sol, el caballero de la triste figura escondía siempre una mirada tímida, y en su colosal voz latía la herida del puñal de la nostalgia.

Como en el viejo Oeste, la soledad guarda un encanto distinto y guía los pasos por su propio camino. En el mundo de la música popular, el camino de Orbison se hallaba en tierra de nadie. A pesar de su edad, no perteneció a la conocida Clase del 55, ese grupo de pioneros liderados por Elvis Presley al que se sumaba gente como Eddie Cochran, Gene Vicent, Chuck Berry o Little Richard. Le faltaba el descaro de todos ellos. Apenas surgió poco después del estallido del rock, dentro de esa generación que la industria discográfica moldeó para ofrecer cantantes menos rebeldes, más amables al gran público, que se llamó la generación High School. La frescura y el desenfreno originales perdían fuerza ante la actitud romántica y complaciente. Sin embargo, Orbison planeaba por distintos paisajes sentimentales que Paul Anka, Bobby Darin o Frank Avalon, todos ellos compañeros de generación. Sus canciones cruzaban la frontera de lo humano, caían en el abismo emocional, se teñían de una solemne desazón, hasta hacerse únicas e imperecederas.

Nacido en 1936 en Vernon, en el Estado de Texas, Orbison se crió en pleno desierto. Con menos de diez años, ya tenía una guitarra y se las arreglaba para tocar en la emisora local. Con la llanura como principal horizonte, no es de extrañar que empezara su carrera musical en el country. Su primera banda, los Wink Westerners, pasa a llamarse los Teen Kings y con ellos graba ‘Ooby dooby’, su primer tema importante para la casa Sun Records. Sam Phillips ve en él a un tipo con un interesante potencial para el rockabilly, pero en ese género Orbison no consigue despuntar. De alguna manera, el chico inocente y retraído no transmite la fuerza y atractivo de Johnny Cash o Elvis Presley. Tampoco en el sello RCA, a las órdenes del gran Chet Atkins, se desarrolla el potencial de Orbison.

Asentado en las raíces pero sin un estilo majestuoso, el músico pasa por ser un artista más que correcto con destacadas cualidades vocales. Sin embargo, su fichaje por la discográfica Monument supone el cambio definitivo. Se deja de imposiciones y explora su sentido musical marcado por el drama, la emoción desbordante. Canciones de menos de cuatro minutos que se desenvuelven como un torrente sentimental, cogiendo fuerza, hasta terminar en una cascada de instrumentos y una voz en el infinito. ‘Only the lonely’ es el punto de inflexión de su carrera, que llega a lo más alto de las listas de Estados Unidos y Reino Unido. La primera de una serie de baladas que revelan a un músico excepcional en el terreno de las emociones.

Con su voz estratosférica y esos arreglos operísticos, Orbison desarrolla en el comienzo de los sesenta una carrera repleta de éxitos. Durante cinco años, desde 1960 a 1965, consigue 17 tops, entre los que destacan ‘Crying’ o ‘In dreams’, con la cumbre de ‘Oh, pretty woman’. Una vez que se ha quitado la etiqueta de cantante de rockabilly, el músico se reconoce en su ámbito baladístico, en la nueva intensidad que adquieren sus viñetas musicales sobre el deseo, el amor perdido o la oportunidad fallida. Orbison se convierte en otro destacado rastreador de la soledad hiriente que forma parte de la mitología de EE UU.

La soledad que acompaña a la búsqueda personal, el anhelo que guía los pasos hacia la promesa incierta de una tierra prometida, la tristeza que se respira en la medianoche de la vida, cuando lo único verdadero son los acompasados latidos del corazón. Con el desamparo etéreo de sus baladas, Orbison se sitúa en esa línea narrativa y vital de la soledad norteamericana, un afán que ya nacía en el aire lúgubre del capitán Ahab, en el “Moby Dick” de Melville. O en el desencanto y fragilidad de Scott Fizgerald, en los rutilantes años veinte, cuando afirmaba: “Cuando oscurece, siempre se necesita a alguien”. Es la noche estrellada de Jack Kerouac en su obra “En el camino”, “esa noche que es una bendición para la tierra, que oscurece los ríos, se traga las cumbres y envuelve la orilla al final, y nadie, nadie sabe lo que va a pasar a nadie excepto que todos seguirán desamparados y haciéndose viejos”. El llanto perdido de ‘In dreams’, una de las pocas canciones que fueron compuestas única y exclusivamente por él e incluida en la película de David Lynch “Blue velvet”, guarda el mismo instante solitario, el mismo hechizo, que todas esas obras y que cualquier trasnochador, pintado en la penumbra, de Edward Hopper.

Pero la vida se encargó de que el personaje de sus canciones fuera también una existencia real. La tragedia se llevó por delante la vida de Orbison. En 1966, su mujer Claudette, a la que dedicó una canción, sufre un accidente de moto y muere. Dos años más tarde, su casa es pasto de las llamas y en el incendio fallecen dos de sus hijos. El músico es víctima de la desdicha, se encierra en sí mismo y desaparece de la vida social durante años. A partir de entonces, la aureola trágica que rodea a Orbison adquiere una categoría sobrenatural al verle escondido en sus gafas oscuras, con su sonrisa rota, interpretando canciones como ‘It’s over’, ‘Falling’ o ‘In the real world’. Es el forajido que conoce sus fantasmas, y los invoca.

A mediados de los setenta, varios músicos empiezan a reivindicarle. Linda Ronstadt o Don McLean recuperan clásicos suyos como ‘Blue bayou’ o ‘Crying’, respectivamente. John Lennon llega a afirmar que siempre quiso parecerse a Roy Orbison por encima de cualquier otro músico. Bruce Springsteen le rinde tributo en su épica ‘Thunder road’. “Roy Orbison está cantando para los solitarios. Esto lo que soy y sólo te quiero a ti”, escribe el de Nueva Jersey. Emociona aún más verle en los ochenta en los grandiosos Traveling Willburys, ese proyecto espontáneo, divertido y fabuloso que reunió a Bob Dylan, Tom Petty, George Harrison, Jeff Lynne y el mismo Orbison. Fichaje de última hora, Orbison se suma cuando andaba cerrando su magnífico disco “Mystery girl”, producido por Lynne. En el documental de aquellas sesiones de grabación en Malibu, se ve el respeto que le profesan todos. Allí están todo un Dylan y un Harrison, piezas angulares de la historia de la música popular, pero Orbison es el padre de familia. Nadie duda de su categoría. Lo dicen todos. Cuando Roy canta, se para el mundo. Existe una lejanía en su canto al que no llega nadie. Pone los pelos de punta observar cómo Dylan, Harrison, Petty y Lynne retroceden un paso cuando en ‘Handle with care’ llega la hora de Orbison.

Este respeto también se palpa en el magnífico “Black & white night”, homenaje a toda una carrera que reúne a Elvis Costello, Springsteen, Tom Waits, Jackson Browne, T-Bone Burnett, Bonnie Raitt, J.D. Souther y k.d. lang. Esta cosecha de oro se rinde ante sus paisajes sentimentales y su intensidad operística. En blanco y negro, hay una complicidad artística con el músico que con sus canciones les acompañó durante su adolescencia e inspiró sus posteriores obras. Según Waits, una balada suya era suficiente para llenar la noche con una chica. Tras emborracharse de Orbison durante su juventud, el propio Waits, vagabundo bendito, bardo callejero, autoestopista nocturno, aseguró a la revista “Newsweek” en 1976: “Hay una soledad común que se extiende de costa a costa. Es como una inconexa crisis de identidad común. Es la oscura, cálida, narcótica noche americana”. Posiblemente, esa noche americana, la de las grandes llanuras con estrellas o la de las palpitantes luces de neón al girar la esquina, guarde el secreto del llanto estratosférico de Roy Orbison, que recorre con ardor las tribulaciones del alma.













Texto original para la revista Efe Eme.
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