04 agosto, 2010

Entrevista exclusiva: Atila, el rey de los hunos

Entrevista exclusiva: Atila, el rey de los hunos: "
AQUINCUM – 21 de diciembre de 452.

Encontramos a Atila en una sencilla tienda de piel situada en el centro de la multitud de tiendas que forman el campamento de los hunos. Es diciembre del año 452, y hace un frío asesino en estas tierras, al norte del río Danubio, que marca el limes de la provincia de Panonia. Aquí, donde ningún legionario romano ha puesto jamás el pie, es donde Atila y sus hombres tienen su campamento de invierno, y desde aquí arranca la terrible cabalgada de los hunos, que algunos llaman “el azote de Dios”. Atila nos recibe con cordialidad, mostrándonos una gran sonrisa que deja entrever un par de dientes de oro. Distinguimos perfectamente unos rasgos levemente orientales en los cuales se nota la mezcla de sangre europea con la de los antiguos hunos de la estepa mongola.


-NdH: Estamos muy agradecidos de que nos haya concedido esta entrevista, alteza.

-Atila: ¡Para nada!. Es un placer para mí recibir a tan reputados cronistas. Adelante, siéntanse cómodos. -Atila nos invita a sentarnos en unos divanes dispuestos junto al fuego del hogar.

-NdH: La verdad es que estamos sorprendidos. Tiene usted una reputación de salvaje sanguinario que no se corresponde con la hospitalidad que nos muestra.

-Atila: Mentiría si le digo que es una reputación merecida. Mis muchachos y yo llevamos muchos años haciéndonos temer, y nos consta que los romanos nos temen más que nadie. De joven me enseñaron que si el enemigo te tiene miedo, ya has ganado la mitad de la batalla. Sin embargo, debo decirle que se trata de una fama injustificada, por lo menos en lo que a mí respecta. De joven viví durante unos años como rehen amistoso en Roma, donde me enseñaron latín y griego, y donde aprendí mucho sobre cl mundo romano. Además, como puede ver, estoy rodeado de administradores romanos… ¡Orestes! Ven, saluda a estos señores. Un chico inteligente este Orestes… llegará lejos, ya verán.

-NdH: Respecto al tema de su terrible fama, hemos recibido muchas quejas sobre su comportamiento destructivo con el medio ambiente. ¿Qué tiene que decir sobre esa leyenda de que nunca más crece la hierba allá por donde pisa su caballo? ¿No le parece poco ecológico andar por ahí deforestando el terreno?

-Atila: Lo de la hierba es una leyenda urbana que dejé caer yo mismo para meter miedo. En realidad mi caballo es bastante corriente, y hace bastante tiempo que no hago grandes galopadas espada en mano… la edad, ¿sabe? Lo que sí le puedo decir es que estos romanos no tienen derecho a quejarse por lo que yo haga con la hierba, porque ellos son los primeros que lo dejan todo perdido con sus minas, sus carreteras y sus puentes. En realidad los salvajes son ellos, que se lo llevan todo por delante en nombre de su “civilización”. Como se suele decir, unos cardan la lana…

-NdH: No quisiera incomodarle Majestad, pero ya sabe que tengo que preguntarle por lo de los Campos Cataláunicos…

-Atila: No, no me incomoda, en serio. -No, no le incomoda, pero los dos guardias de la puerta han puesto cara de pocos amigos y han echado mano a sus espadones.- Lo de los Campos Cataláunicos estaba más que calculado. No sé si se habrá dado cuenta del detalle, pero tanto los romanos como nosotros enviamos a la vanguardia a todos los godos que teníamos. Ellos tienen a los visigodos, y nosotros a los ostrogodos… ambos pueblos son un incordio. Y de camino pusimos en el campo de batalla a los burgundios, a los gépidos, a los alanos y a toda esa morralla germánica que siempre está amenazando la seguridad de la gente de bien. Si no fuera por lo de los Campos Cataláunicos, seguro que los visigodos habrían acabado ya con lo poco que queda del Imperio de Occidente. Lo mismo pasa con los ostrogodos: si nosotros no les contuviéramos se iba a enterar el Imperio de lo que son unos verdaderos bárbaros.

-NdH: En fin, Majestad, no cabe duda de que es usted el hombre del año. Ha conquistado una extensión de terreno incluso mayor que la de los dos imperios romanos juntos, y parece usted en la flor de la vida. ¿Cuáles son sus planes de futuro?

-Atila: Hasta hace poco me hacía ilusión emparentar con la familia imperial. Honoria, la hermana del emperador Valentiniano, me envió una carta donde dejaba bien claro que estaba dispuesta a casarse conmigo, pero después su madre y ese perro de Aecio se negaron a que un bárbaro formara parte de la familia. ¡Fíjese! ¡Llamarme bárbaro a mí! Cuando me enteré del desprecio que me hacían se me puso delante una nube de sangre y me decidí a exigir el matrimonio con Honoria y la mitad del Imperio como dote. ¡De Atila no se ríe nadie! Y mire que ya le digo que he perdido la ilusión de pertenecer a esa familia; ahora ya es una cuestión de orgullo.

-NdH: Entonces, ¿tiene intención de volver a invadir el Imperio?

-Atila: No le quepa duda, amigo. Este año me he presentado a las puertas de Roma, y lo único que tenían para enfrentarse a mí era ese sacerdote, León… un tipo valiente, sin duda. Y razonable, porque entendió perfectamente que yo había venido a por el botín, y que me lo llevaría de una u otra forma, así que se dieron mucha prisa por entregarme un tesoro considerable con el que acabo de comprar la fidelidad de un buen número de tribus a este lado del río y al otro. Como usted sabe, los romanos orientales son intratables, con esas murallonas infranqueables que tienen en Constantinopla. Es absurdo intentar el asalto a esa ciudad, así que lo más lógico sería volver a la Galia o entrar en Italia. Quien sabe, hasta puede que yo mismo sea el nuevo emperador dentro de un año.

De repente, Atila se cubre la cara con una mano, mientras un hilillo de sangre surge de su nariz. El rey de los hunos levanta la cabeza, y uno de sus esclavos se apresura a traer unos paños de seda con los que intenta detener la abundante hemorragia.

-Atila: Me van a perdonar, señores, pero esta nariz me está matando. Ya seguiremos con la entrevista otro día…

-NdH: No se preocupe, Alteza. Que haya mejoría y hasta pronto.

Y así abandonamos el campamento huno en medio de este crudo invierno de 452. La tienda real es por dentro y por fuera un hervidero de sirvientes que llevan y traen gasas ensangrentadas, hielo en recipientes de oro y vinagres con los que atender a su soberano. Dos médicos griegos entran en el campamento corriendo al mismo tiempo que nosotros salimos, dudando sobre el incierto futuro del Imperio romano y del -nunca mejor dicho- sangriento rey de los hunos.

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