02 septiembre, 2010

LA BATALLA DE ALALIA, parte I

LA BATALLA DE ALALIA, parte I: "


Cuentan las fuentes de las que disponemos que, allá por el año 537 a. C., una flota combinada de cartagineses y etruscos se enfrentó a los griegos focenses. El resultado de la misma fue una victoria por la mínima de los griegos, tan escasa que tuvieron que abandonar sus proyectos expansionistas —propiamente, comerciales— en el Mediterráneo occidental. Pero da la casualidad de que todas estas fuentes referidas son griegas y hay algo que no nos cuadra. Blogs con Historia investigó el caso:


Nos ponemos cómodos y viajamos en el tiempo.



Pentecóntera.


Vamos a bordo de una pentecóntera focense, esto es: un barco de unos venticinco metros de longitud con cincuenta remeros. Nos acompañan algunas primitivas y, pese a todo, impresionantes trirremes. Son pocas, menos de las necesarias, pero son todavía muy caras —en material y en personal— de equipar. Nos toca remar, arriba solo hay gente para maniobrar las velas y guiar la nave. No es el caso de las trirremes, que cuentan con una pequeña, aunque feroz, fuerza de infantería para los desembarcos y eventuales asaltos.


Pero antes de intentar contar la batalla no nos vendría nada mal explicar unas cuantas cosas.


Estamos en pleno Siglo VI a. C., en el Mediterráneo occidental. Los focenses, debido a la presión de los lidios, han fundado una de sus principales apoikiai («casas lejanas») llamada Alalia al este de Córcega. Focea, la ciudad madre, es una ciudad situada en Asia Menor, a escasos kilómetros al noroeste de Esmirna. Pero ya estaban aquí antes, traficando desde Ampurias o Massalia. Mas ahora han colapsado los recursos y esquilmado las reservas de la zona pues, por si fueran pocos, están llegando nuevas oleadas de refugiados, de épecos, esta vez por culpa de los persas que han devorado a los lidios y amenazan hacerlo con toda Jonia. La figura de Ciro se extiende, y los foceos, peligrosamente para sus vecinos, se están tornando más agresivos, rayando incluso la piratería.


Hasta entonces el equilibrio en la zona había sido ejemplar. La colonia fenicia de Cartago había ido cogiendo peso, hasta lograr independizarse de la metrópoli, de Tiro, heredando todos sus puestos comerciales en occidente precisamente por similares presiones por las que aumentó el número de griegos en la zona, solo que en este caso se debió a asirios y neobabilonios. Para ellos el comercio con el mineral de plata conseguido en el sur de Iberia era fundamental, así como otros productos salidos de sus factorías como la salazón de diversos pescados muy apreciados. Etruria, por su parte, controlaba el paso del comercio centroeuropeo hacia esta parte del Mediterráneo. Los griegos habían aportado productos manufacturados y cerámica de lujo. Todos estos productos convivían en todas las colonias, ya fueran púnicas, etruscas o griegas.



Mapa de la colonización griega.


En el siglo anterior, en definitiva, los focenses se habían instalado en las diversas apoikiai que iban creando. Massalia y posteriormente Ampurias daban fe de ello. La necesidad de los griegos de buscar otras zonas en donde asentarse se debió a varias circunstancias. Cabe decir, a modo de resumen, que estas fueron principalmente dos: los aristoi griegos centralizaron todo su poder agrario y militar en torno a la polis, en un fenómeno denominado sinecismo. La opresión de la que fueron objeto entonces los pequeños terratenientes o arrendatarios fue muy fuerte. Esto también conllevó el aumento de poder de los basileîs («élite aristócrata»), los cuales tuvieron las manos libres para enriquecerse aún más mediante el comercio. Todo esto derivó en otro fenómeno, la stasis, que en definitiva es una lucha interna formada por los distintos estamentos de la sociedad que cambiaron su actitud respecto a la propiedad del suelo. Este es el caldo de cultivo para que los aristoi modificaran las reglas del juego, haciéndolas más flexibles, o para el surgimiento de los tyrannoi («tiranos»). Pero lo que nos compete ahora es la colonización —este termino es vago ya que no se trata exactamente de colonias, pues las ciudades fundadas actuaban de forma independiente—, motivada principalmente por dos de estas causas, unidas a una crisis en el concepto de la familia. Cuando sobreviene la stasis, muchos griegos buscan otras tierras donde poder desarrollar su economía, eminentemente agraria, bien porque la polis se haya quedado pequeña, bien porque las reglas de el juego hayan cambiado —o bien por cuestiones políticas—. El otro motivo aludido es la aspiración de los aristoi de comerciar gracias a los excedentes humanos. Esta, pues, es netamente comercial.


El caso es que el equilibrio en el Mediterráneo se debió resentir, y mucho, por los acontecimientos ocurridos en Oriente en el Siglo VI a. C., pero de eso vamos a hablar ahora.


Desde mi puesto podía saborear el salado sabor del mar y de mi sudor. Mover un remo no es tarea fácil, pero mucho menos lo era el seguir a mis compañeros en ese afán. ¿Qué nos esperaría en la inminente batalla? No lo sabía, no tenía ni la más remota idea. Y eso que contaba con la ventaja de haber leído a Herodoto, a Avieno y a Plinio, a Blázquez y Morel, a Quesada y García y Bellido.


Desde el puente de proa sonaba la dulce música de la flauta emitida por el keleustés alentándonos en nuestro cometido que no era otro que remar al compás del instrumento. La velocidad que alcanzaba este barco ayudado del viento era considerable. El mástil se podía izar cuando convenía, retirándose cuando se considerase oportuno y quedando en cubierta, entre las filas de los remeros. Ante un encuentro como el que se avecinaba, la prudencia aconsejaba retirarlo. Así, únicamente con la fuerza de nuestros brazos y gracias a la pericia del equipo al completo, la nave avanzaba. Eso sí, ahorrando fuerzas para los seguros abordajes.


La flota se componía de sesenta y cuatro naves, cincuenta y cuatro de ellas eran pentecónteras, tres trieres y siete birremes. La mayoría de los barcos contaban con un puente, y en tres de las birremes había un castillo en proa. Casi todas ellas disponían, a su vez, de un agudo espolón, por si antes de los desembarcos y abordajes fuese posible el hundimiento del enemigo sin llegar a la confrontación con las espadas.


La tripulación, en su mayoría, estaba compuesta por thetes, esto es: hombres libres asalariados para tal fin, griegos, por otra parte, que carecían de tierras. En las trieres navegaban los epibates, hoplitas dispuestos para el abordaje o para la defensa de la nave.


En las tabernas del puerto, previo embarque, había yo tramado amistad con algún que otro compañero. Los thranitai, o remeros, se denominaban «compañeros». Todos se mostraban confiados en su habilidad en el mar. Me explicaron que en esta expedición no haría falta contar con ninguno de los mercenarios de los que habitualmente se alimenta la marina. Eran tantos los focenses llegados recientemente de Asia que la flota iba a contar con lo más selecto de toda Jonia, o al menos así lo creían ellos. Confiaban sobre todo en su abordaje, en el uno contra uno y en su superioridad táctica [1]. Despreciaban la supuesta ventaja numérica con la que etruscos y cartagineses parecían contar. Decían que su número doblaba al nuestro, pero que lo tendrían que cuatriplicar si querían echarles de esas aguas. Se jactaban de que con sus rápidos bajeles iban a capturar la mayoría de la escuadra enemiga, formada, al parecer, por lentas pero maniobrables birremes. Proclamaban encendidos que en el abordaje eran únicos. Si alguien esperaba ver una flota de ligeros hippoi [2] enfrente se equivocaba.


En el puerto estuve largo tiempo admirando las embarcaciones. Las pentecónteras venían a tener una eslora que oscilaba en su línea de flotación entre los veinticinco metros y los treinta [3]. Una fila de veinticinco remos -las alas de las naves, como cantara el poeta- se alineaba a cada lado, apoyados en chumaceras forradas de bronce, en la regala de cubierta. Las proas acababan, en su mayoría, con un espolón en su línea de flotación. Gran parte de estos espolones estaban bellamente adornados, y sus formas variaban. De los oblicuos ojos pintados en la proa partían amarres diversos y el ancla. Las popas, bellas y curvas, disponían de dos timones. Allá se dispondría el Kybernetes, el piloto que rige la gobernácula. Eran barcos muy bellos y estilizados.



Birreme griega.


Los birremes, por el contrario, me parecían mazacotes de madera. Su eslora era menor, apenas sobrepasaba los veinte metros a simple vista, mientras que la manga era la misma que en la pentecóntera, poco más de tres metros. En el casco se habían abierto gateras de las que asomaba otra fila de remos. Así, a la orden de remos de la regala se le unía otra inferior, más paralela al agua y, por lo cual, más efectiva. Se las intuía mucho más manejables que las pentecónteras, y con una mayor aceleración, pero su comportamiento en el agua debía de ser más lento a la larga, pues el calado medio aumentaba así como su centro de gravedad.


Las trieres eran considerablemente mayores, tanto en eslora como en manga como en calado. Estéticamente eran irreprochables, tan estilizadas como las pentecónteras y más impresionantes aún que las birremes. No obstante había que mejorar su maniobrabilidad, pues, al contar con tres filas de remeros superpuestas, requerían palas de distintos tamaños [4]. Por lo cual el esfuerzo de «los compañeros» debía ser mayor y su sincronización perfecta. Una de las trirremes contaba con un impresionante castillo en proa, dispuesto para parapetar a la infantería en un hipotético asalto.


En estos recuerdos estaba yo cuando los primeros gritos de avistamiento de la flota enemiga se produjeron en cubierta. Apenas habíamos dejado el puerto y la batalla se aprestaba en iniciar su marina acometida. Los navarcas de los barcos se apresuraron en formar la flota.


Todos «los compañeros» aflojamos las correas de cuero que nos mantenían firmes a los toletes. Eché una furtiva mirada a mis armas, ¿las tendría que utilizar? Deseché esa idea, ahora nos teníamos que concentrar en remar y maniobrar. En esquivar y embestir. Y en acercarnos para abordar y teñir de púrpura las cubiertas enemigas.


A la salada sensación del mar y del sudor tuve que añadir el sabor dulce de la sangre. En el caos de la batalla mi nave sobrevivió; esos hechos son los que confusamente, como cualquier pelea, narro a continuación.


Los bajeles distaban los unos con los otros en algo más de un pletro [5] y formaban un solo frente convexo. Este espacio parecía suficiente para que las naves pudieran maniobrar. Todas la indicaciones para la estrategia de la batalla se habían tomado en una previa reunión de los navarcas. Si mis ojos no me engañaban, las embarcaciones más pesadas y potentes se habían dispuesto en el centro, mientras que las pentecónteras se distribuían en los laterales.


Desde mi posición trasera no acertaba a divisar aún a la flota enemiga. Pero que estaba frente nuestra era evidente, pues no tardamos en recibir la orden de acelerar la marcha con la mayor de nuestras energías. Más tarde supe que la flota combinada de cartagineses y etruscos esperaba nuestra acometida de la siguiente manera: dispusieron dos líneas con una separación entre barcos mayor a la nuestra. Con esto evitaban que desde el principio nuestros navíos pudieran sobrepasar por los costados su frente. Esto era, en todo caso, insustancial, pues era el centro lo que más se tendía a proteger. Allí colocaron sus mejores galeras, las birremes más duras fabricadas con la resistente madera de cedro que exportaban de la tierra de sus antecesores. El resto de birremes fenicias se repartían a lo largo de su primera línea, así como la docena de este mismo tipo de barco etrusco. En la retaguardia aguardaban pacientes el resto de la flota tirrénica formada por pentecónteras y unos cuantos hippoi fenicios.



Birreme fenicia.


Cuando sentimos el primer contacto todos nos abalanzamos hacia el frente. La violencia con que se produjo el choque fue tal que, de no haber estado predispuesto a ella, hubiese salido despedido hacia la proa de mi nave. Pese a todo, el remo me golpeo el pecho y las correas de cuero que sujetaban mis muñecas me hirieron sin misericordia. Sin tiempo para lamentarme recibimos la orden de remar con todas nuestras fuerzas para desprender nuestro espolón del casco de la nave que habíamos atravesado, ya que el golpe nos había hecho virar lo suficiente como para exponer nuestro costado de babor a las naves enemigas. Dimos todos gracias a los dioses por la fortaleza de la madera fenicia, ya que el espolón apenas hizo daños considerables y nos fue fácil la maniobra, justo en el momento que nos atacaban una pentecóntera etrusca y otra birreme. Juntamos entonces nuestro estribor al barco que atacamos en primera instancia y recibimos la orden de dejar los remos y asaltarlo, ya que nos habían rodeado las naves enemigas y sólo nos quedaban dos opciones. La que tomamos o girar en redondo y huir, con el consiguiente riesgo de que en la maniobra te alcanzaran.


Saltamos a la cubierta enemiga al mismo tiempo que los etruscos saltaban a la nuestra. Así la mitad de nosotros que aún permanecíamos en nuestro bajel tuvimos que hacer frente a la acometida de los asaltantes. La otra nave cartaginesa se contentó con cerrarnos el camino del resto de nuestra flota.


Del desarrollo de esta lucha permitirme la omisión de datos, y no como una licencia, sino porque no recuerdo apenas detalle alguno. Supongo que gente experimentada en la guerra, o personas que conserven intacta su frialdad, mantengan todos los sentidos secundarios despiertos. No fue mi caso, me convertí en un animal al cual sólo los reflejos de una buena preparación y el instinto de supervivencia le mantenían en pie. Cuando la sed de sangre se mitigó en mi interior fui consciente de que habíamos rechazado a los rivales, mientras que los desafortunados de mis «compañeros» que habían abordado el barco cartaginés corrían peor suerte. Entonces vimos que los barcos que ejercían esa presión sobre nosotros desaparecían, dos hundidos y el otro retirado. La pequeña vía de agua que habíamos producido y el siguiente heroico abordaje en la birreme fue a la postre vital para que el navío se fuera a pique.


Con enorme dificultad podíamos identificar ahora a amigos de enemigos, al menos yo, que sólo diferenciaba a los hippoi por sus akroteria [6] en forma de caballo y a algunas de las birremes, por la costumbre cartaginesa de disponer los escudos alineados en la regala para servir de defensa ante los proyectiles enemigos. En ese momento nos esforzamos en coger de nuevo los remos y acercarnos al fragor de la batalla, que tenía lugar en el centro de las formaciones de los contendientes. Avanzamos penosamente entre restos de naufragios y personas que se aferraban a ellos como un lactante se afana con el pecho de su madre, en una imagen de vida y muerte.


Cuando estábamos en disposición de sumarnos a la batalla fuimos conscientes de que cada barco griego se las tenía con dos o tres galeras enemigas. Pero no fuimos los únicos que acudían en su ayuda, otras pentecónteras acudían de los extremos de la descompuesta formación, habiéndose deshecho de la gran mayoría de naves ligeras enemigas.


En ese momento vimos con ojos impotentes como nuestras birremes y trieres estaban siendo destrozadas y como el resto de las maltrechas naves foceas se retiraban. La batalla había sido muy rápida. Nuestro keleustés nos avisó con su música de que era preciso girar y retirarse, justo en el momento que estábamos siendo embestidos por una nave cartaginesa, salvándonos del contacto por apenas un par de pasos [7]. Fuimos conscientes todos nosotros que se giraría para volver a intentarlo, ya que si bien en condiciones normales nuestra nave era más rápida, era también cierto que nuestra tripulación se encontraba muy mermada y no alcanzábamos la fuerza necesaria para deshacernos de la enemiga. Fue entonces cuando nuestro navarca dio la orden de girar y embestir contra ella. Aquel movimiento fue imprevisible, una boga perfecta. A la galera cartaginesa no le dio tiempo a reaccionar, el tiempo necesario para evitar el choque, para hacer avanzar su eslora, era escaso pero salvable, pues aún era mayor el recorrido que teníamos que hacer nosotros para embestir. Pero ante lo inesperado del ataque no reaccionaron a tiempo. Tenían la mente más puesta en el inminente abordaje que en el hundimiento de nuestro navío. Precisamente al contrario que, como supimos después, dictaba la estrategia de su flota. El caso es que en un abrir y cerrar de ojos habíamos hundido nuestro espolón en su costado, limpiamente, por lo cual retirarlo del casco fue más sencillo.


Cuando llegamos a la desembocadura del Rhotanos [8], el cual formaba una espectacular ensenada a los pies de Alalia, pudimos hacer un balance de las pérdidas. Y no fue halagüeño precisamente.


¿El balance? Demasiadas letras para esta entrada parecen, aunque el lector quizá se haya quedado en las primeras. Los que hayan llegado hasta aquí tendrán que ver la continuación en la siguiente de las entradas.


(Continúa en La batalla de Alalia, parte II.)





[1] En la época previa al siglo V —en donde se potenciará el uso de los espolones, dándole al acto de hundir el barco enemigo el protagonismo absoluto— la forma habitual de contienda era el abordaje.

[2] El hippos, junto con el gaulos, eran los barcos típicamente fenicios. Mientras que el primero era ligero e incluso capaz para la batalla, el segundo era grande y poco maniobrable, destinado a actos comerciales.

[3] La utilización del sistema métrico en este texto es meramente orientativa, siendo anacrónica. Se utilizarán las unidades de medida antiguas a partir de ahora.

[4] En época posterior a las trirremes se les añadirán un adelanto fundamental para la maniobrabilidad de la nave, se añadió un postizo externo llamado paraxeiresia en el cual se situaba la nueva línea de remeros, estando ahora sólo ligeramente por encima. Esto hacía que no fuera necesario aumentar la manga, siendo entonces el navío más veloz y los remos de las distintas bancadas más similares.

[5] Un pletro: ventinueve metros y sesenta centímetros.

[6] Akroterion: saliente del mascarón de proa.

[7] Pasos: setenta y cuatro centímetros.

[8] Rhotanos: actual río Tavignanu, próximo a la ciudad corsa de Aleria, moderna Alalia.



  • Esta entrada ha sido creada por Blogs con Histora. La opinión que expone es particular, y puede o no coincidir con la del autor.


  • El autor expondrá su opinión, si procede, en forma de comentario a esta entrada o, casi siempre, en la denominada «Ventana del Autor».


  • La mayoría de las imágenes pertenecen al la serie de libros de Fernando Quesada publicados lo la Esfera de los Libros.


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