19 noviembre, 2010

50 soluciones a la paradoja de Fermi (17ª solución): Están transmitiendo pero no sabemos en qué frecuencia tenemos que escucharles

50 soluciones a la paradoja de Fermi (17ª solución): Están transmitiendo pero no sabemos en qué frecuencia tenemos que escucharles: "
Si las CETs utilizan verdaderamente ondas o radiación EM para comunicarse con otras, entonces existen varios tipos diferentes de señales que podemos rastrear. La más fácil de detectar sería aquella que los alienígenas enviasen deliberadamente hacia nosotros. No resulta demasiado osado suponer que una CET cercana decidiese enviar señales en dirección al Sol, una buena estrella candidata a albergar planetas con vida. Al fin y al cabo, nosotros mismos somos capaces de detectar planetas extrasolares de determinado tamaño, similares a Júpiter o Saturno.

Un segundo tipo de señal sería aquella que no tuviese, en principio, ninguna intención de comunicarse con otras posibles CETs, algo similar a lo que sucede con nuestras propias transmisiones de radio o televisión, las cuales viajan al espacio aunque no sea el propósito principal para el que fueron creadas.

Con nuestro nivel actual de desarrollo tecnológico, no tiene demasiado sentido buscar señales de este tipo. Deberíamos centrarnos en hacer, en primer lugar, lo más sencillo y esto no es otra cosa que intentar detectar señales enviadas con el claro e inequívoco propósito de comunicarse. Ahora bien, ¿en qué longitud de onda optarán las CETs por transmitir? ¿En qué frecuencia debemos escuchar?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el espectro electromagnético es tremendamente amplio. La luz visible, que abarca desde los 750 THz (violeta profundo) hasta los 430 THz (rojo), tan sólo constituye una minúscula región del mismo. Los rayos ultravioletas, los X y los gamma poseen frecuencias aún más altas, hasta unos cinco órdenes de magnitud más que el color rojo. Por el contrario, los infrarrojos, las microondas y las ondas de radio se encuentran en el extremo opuesto, con frecuencias que caen hasta los 100 MHz.

Los seres humanos empleamos todas estas frecuencias para muy diferentes propósitos, desde aplicaciones médicas hasta la apertura de una puerta de garaje. Parece haber una determinada frecuencia para cada cosa. Así que ¿cuál es la más adecuada para las comunicaciones interestelares?

A finales de la década de los años 1950, Philip Morrison y su colaborador Giuseppe Cocconi fueron de los primeros en plantearse la cuestión anterior. Se les ocurrió la idea de utilizar los rayos gamma, cuya ventaja principal consistía en que pueden atravesar el polvo interestelar presente en el plano de la galaxia. ¿Por qué no enviar un haz de radiación gamma al espacio?

Asimismo, consideraron todo el resto de frecuencias del espectro EM. Concluyeron que la luz visible no resultaba muy apropiada ya que se confundiría fácilmente con la procedente de las estrellas. Los telescopios de rayos aún no existían por entonces, así que optaron por la banda de las ondas de radio. El radiotelescopio de Arecibo, con su gigantesca antena, parecía el instrumento más apropiado de la época.

Aun centrándose en la región del espectro EM correspondiente a las radioondas, el rango de frecuencias aún era demasiado amplio, desde 1 MHz hasta 300 GHz y esto eran malas noticias. Si una CET optase por transmitir debería hacerlo en un margen estrecho de frecuencias ya que, en caso contrario, la señal quedaría oculta por el ruido de fondo, al igual que sucede cuando se intenta sintonizar una emisora en un aparato receptor doméstico mientras se encuentra gran cantidad de ruido entre cada par de emisoras bien definidas.

Las fuentes naturales que emiten en un rango más estrecho de frecuencias son los denominados máseres interestelares (su ancho de banda ronda los 300 Hz); cualquier cosa con un ancho de banda inferior bien podría constituir una señal procedente de una CET.

Tampoco tendría mucho sentido emplear un ancho de banda inferior a 0,1 Hz ya que en este caso los electrones presentes en las nubes de polvo interestelar tenderían a dispersar la señal. Así pues, tenemos un enorme número de radiocanales en el que buscar durante mucho tiempo, quizá demasiado. No obstante, Cocconi y Morrison también se dieron cuenta de que por debajo de 1 GHz la galaxia es extremadamente 'ruidosa', mientras que por encima de 30 GHz la que resulta 'bulliciosa' es nuestra propia atmósfera. Si una CET nos enviase señales de frecuencia superior a estos 30 GHz, probablemente no fuésemos capaces de detectarlas ni de identificarlas debidamente. De hecho, la región más 'silenciosa' se sitúa entre 1 GHz y 10 GHz. Lo más razonable parece buscar ahí justamente.

Aún refinaron más el rango de frecuencias. señalaron que las nubes de hidrógeno neutro emiten radiación fuertemente a 1,42 GHz (la línea del hidrógeno). Cualquier civilización inteligente sabría esto ya que el hidrógeno es el elemento más abundante en el universo. Poco después, se dieron cuenta de que el radical hidroxilo radia a 1,64 GHz. Como el hidrógeno y el hidroxilo pueden unirse para formar moléculas de agua, símbolo de vida, parecía bastante lógico buscar entre estos dos valores de la frecuencia, entre 1,42 GHz y 1,64 GHz. A esta región pasó a denominarse 'el charco'.

Más o menos por la misma época en que Cocconi y Morrison realizaban sus estudios teóricos, Frank Drake los llevaba a la práctica y se dedicaba a escuchar en esas mismas frecuencias. Utilizando el telescopio de Green Bank, apuntó hacia dos estrellas: Tau Ceti y Epsilon Eridani. Su proyecto Ozma fue el primer intento por detectar las señales procedentes de una CET. Había nacido el proyecto SETI.

En la actualidad, desafortunadamente, la situación parece mucho más complicada. Los astrónomos han descubierto miles de líneas espectrales que emanan de más de 100 tipos de moléculas distintas en el espacio interestelar. Ejemplos importantes incluyen los 22,2 GHz a los que tiene lugar una determinada transición de la molécula de agua; igual interés presentan los múltiplos de la frecuencia correspondiente a la línea del hidrógeno. Lo cierto es que, aunque muchos autores piensan que 'el charco' es el lugar natural para buscar, podemos perfectamente vernos forzados a intentarlo en toda la ventana, desde 1 GHz hasta 30 GHz.

A lo largo de los más de 40 años que llevamos escuchando, ninguna señal inequívocamente extraterrestre y de origen inteligente ha sido aún identificada. Pero esto no significa necesariamente que no se hayan detectado. De hecho, el mismo Frank Drake fue testigo de la detección de una procedente de Epsilon Eridani, al poco tiempo de comenzar su observación. Finalmente, la señal fue atribuida a un origen terrestre. Aunque quizá la señal más famosa sea sin duda la célebre 'Wow!' que el 15 de agosto de 1977 encontrase Jerry Ehman en el observatorio Big Ear de la universidad estatal de Ohio. Un pulso intenso de 37 segundos de duración. Aún hoy en día no se sabe a ciencia cierta cuál fue su origen, aunque lo más probable es que se tratase de un satélite artificial. Nunca más volvió a encontrarse un segundo pulso procedente de la misma región del cielo.

Todo lo anterior parece de lo más razonable y parece estar bien fundamentado. Ahora bien, ¿no podría también existir una alternativa a las emisiones de radio, igualmente atractiva para los alienígenas? La respuesta es afirmativa.

A principios de la década de 1960, Arthur Schawlow, Charles Townes y Theodore Maiman descubrieron la radiación láser. Aunque los primeros dispositivos eran bastante toscos, en la actualidad resulta evidente que una CET podría perfectamente optar por comunicar su presencia mediante el empleo de pulsos láser, prefiriendo incluso este método al de las señales de radio. No solamente podría mantenerse a lo largo de distancias interestelares, sino más importante aún, representaría una prueba inequívoca de una señal artificial, de origen no natural creada por una raza inteligente. Podríamos, pues, crear una especie de SETI a frecuencias correspondientes a la región visible del espectro EM.

Esto es lo que ha hecho, en realidad, Stuart Kingsley con su proyecto COSETI. Los astrónomos profesionales han prestado atención a la sugerencia (parece ser que el equipo necesario podría estar al alcance de los aficionados) y están comenzando a desarrollar proyectos a gran escala.

Otros más audaces y osados, como John Ball, han llegado a sugerir que los fogonazos de rayos gamma que podemos contemplar desde la Tierra constituyen señales de CETs. Por contra, casi todos los astrofísicos se muestran de acuerdo en que su origen es natural.

En más de 40 años de búsqueda a lo largo y ancho de billones de canales de frecuencia no hemos encontrado nada. El silencio continúa. Algunos autores afirman que estos resultados negativos no tienen otro significado que la absoluta ausencia de civilizaciones avanzadas de tipo K2 o K3, no sólo en nuestra galaxia, sino también en nuestro Grupo Local de galaxias. Resulta discutible, por supuesto. Lo que asimismo parece no menos cierto es que, si dentro de unos cuantos años más, el sielncio persiste, podremos descartar casi con toda seguridad la existencia de civilizaciones de tipo K1 en un radio aproximado de unos 100 años luz...

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