27 noviembre, 2010

Seres míticos de la fauna española que se extinguieron

Seres míticos de la fauna española que se extinguieron: "


Harto de que su padre le hablara siempre de los “buenos tiempos”, el chaval convenció a su progenitor a visitar el museo de criaturas hispanas extintas. El padre no parecía muy contento, porque sabía que aquello iba a removerle por dentro, pero terminó por aceptar. Pagó dos billetes y comenzó desganado a recorrer el circuito.


- “¿Qué es eso papá?” Preguntó el niño sorprendido al llegar al primer expositor.


- “Ah, hijo mío. A esa yo la conocí. Es una hipoteca sin avalistas. ”


Sobre la estantería figuraba un mazo de papeles con el anagrama de un banco, en el que a un tal Gervasio Miraflor se le concedían 10 millones de pesetas a cambio de la simple domiciliación de su nómina ramplona.


- “Aunque no te lo creas a mi me dieron una en el 99, hijo mío, y eso que no ganaba ni pa’ pipas. Y eso no es todo, además una de esas te servía para desgravar. A la hora de hacer la declaración te tenían en cuenta lo gastado anualmente en tu hipoteca, y te hacían un apaño. Aquellos pocos afortunados que tenían dinero en el 2011 para comprarse un piso, ya ni la olieron.”



- “¿Y qué es esa foto papá?” Prosiguió el niño.


- “Ah eso, son 18 pequeñas agencias inmobiliarias en una calle comercial. Ahora apenas ves tres o cuatro, todas grandes y diversificadas. Pero hubo un tiempo en que todas esas fruterías que abren y cierran hoy en día aparentemente sin concierto, eran agencias inmobiliarias. Incluso había ancianas jubiladas que iban por las casas diciendo que fulanita vendía una casa estupenda y que luego se llevaban una comisión si convencían a un comprador”.


- “Alucinante, no pensé que cupieran tantas en una calle tan pequeña”, contestó el hijo. Y mira papá… ¡qué vistosa es esa cesta de mimbre de la que sobresale un jamón! ¿Eso qué es?”


- “Ah, ¡qué recuerdos! Eso es una cesta de navidad chaval. Te aseguro que yo vi muchas de esas, cuanto más grande y más cargada, más favores le debía al obsequiado aquel que la regalaba. Las mías eran modestas, pero a tu hermana mayor le encantaba desenvolverlas. Se extinguieron de pronto en 2009. La caja de botellas de vino y el décimo de la lotería a cargo de la empresa también nos dejaron por aquel entonces.”


Ambos proseguían recorriendo la galería y mirándolo todo. De pronto el padre quedó anonadado.


- “Anda, ¡mira por donde! Un ticket del pago de una hora extra. Esas si que no las vi en mi vida, pero me consta que existían. De hecho eran un incentivo que ayudaban a que la gente que trabajaba más, ganara más. A los jefes no les gustaban, preferían que las hicieras gratis, y cuando las cosas se pusieron chungas muchos trabajadores de hecho empezaron a hacerlo. ¡Qué tristeza!”


- “Hay quien dice incluso que había empresas que daban paga de beneficios a sus trabajadores cuando acababa el año, pero a mi eso ya me suena a leyenda urbana”, añadió el padre.


- “Ya entiendo papá. ¿Y esa foto de un trabajador en la playa a las 5 de la tarde que significa?”


- ” Ah, eso es una alegoría a la jornada de verano. Otro de los conceptos que pasaron a mejor vida en muchas empresas. Se trataba de entrar un poco antes, pasar a jornada continua y recortar un poco el horario durante los meses de verano. De 40 horas semanales se pasaban a 35. Se entraba a las 8 y se salía a las 3 de la tarde.”


- “De este modo los trabajadores podían disfrutar del buen tiempo, e incluso ir a la playa por la tarde con sus familias. Otra bella costumbre que se perdió por el camino, hijo mío.”


- “Pues es una pena papá. Oye, y ese tío gordo casándose con un tipo con mono ¿Qué significa?”


- “Una metáfora del contrato indefinido, hijo mío. Aunque no te lo creas, yo tuve uno de esos. Era una forma de hablar, puesto que cuando querían echarte lo hacían sin contemplaciones, sobre todo cuando pasó a ser cada vez más barato, pero hubo un tiempo en que el que firmaba uno de esos se sentía en la cima del mundo. La precariedad era la norma, así que a eso lo llamaban ‘trabajo de calidad’”.


- “Con la que está cayendo ahora, el que tiene trabajo, aunque sea cobrando en “B”, se siente bastante afortunado”, añadió cabreado el progenitor.


- “¿Y qué significan esos libros de texto saliendo de una hucha?”


-” Ay hijo mío, eso si que nos venía bien. Cuando llegaba septiembre, las comunidades autónomas prestaban una ayuda parcial o total sobre el importe de los libros de texto de cada alumno de primaria. Se supone que en España la enseñanza es gratuita, pero al final las editoriales hacen lo que les sale de las narices, cambiando los libros año a año para que no sean reutilizables. Haciendo que el alumno escriba en ellos los resultados de los ejercicios para que los hermanos pequeños no puedan heredarlos, etc.”


- “Es una vergüenza, porque bastaría con que el estado preparase los textos y los colgase de una web pública desde la cual los alumnos pudieran descargarlos y grabarlos a CD. Entonces con que cada alumno se llevase un simple portátil a clase, se evitarían esas pesadas mochilas castiga-espaldas con las que os movéis cada día. Pero claro, lo importante es que siga ganando dinero la gran Anaya, no que la pequeña Ana-ya no pueda con su espalda”.


En este momento al padre ya le salía humo de la cabeza.


- “Parece lógico lo que dices”, asintió el hijo temiendo que el padre destrozase la vitrina de cristal.


- “¿Verdad que si? Además la SGAE estaría encantada de que hiciéramos algo así, porque aunque el estado fuera el autor de los textos, las ventas de CDs vírgenes aumentarían y podrían sangrarnos con el CANON.”


El padre se arrastraba ya como un Neanderthal de expositor en expositor, con una sed de sangre irrefrenable.


-” Tranquilo papá, te veo muy quemado”.


- “Si hijo mío, es que la visita a este museo me está poniendo de los nervios”, contestó el padre tratando de tranquilizarse.


- “Venga papá, que ya sólo quedan tres objetos y nos vamos. ¿Qué es esa libreta tachada que lleva la tendera en la mano?”


- “Pufff, eso casi es de la prehistoria, pero yo que soy un vejestorio también lo viví. Mi madre me mandaba bajar a por tomates a la tienda de Angelines, y esta buena señora no me los cobraba sino que lo apuntaba en una libreta y se “fiaba” de nosotros. Luego mi madre bajaba, pagaba las deudas, y todos tan contentos. Era algo basado en la confianza mutua. Ahora vete tu a decirle a la cajera del Carrefour, que no te ha visto en su vida, que te fíe unos tomates. El descojone puede ser monumental.”


- “Papá, me hablas de unas cosas que me resultan dificilísimas de creer.”


- “Pues eso no es nada chavalote. ¿Ves esa foto con todos esos coches aparcados en el centro?”


- “Si. ¿Qué tiene de raro?”


- “Pues que esos coches no pagaban. No había zona azul, ni ORA, ni agentes, ni leches en vinagre. El primero que pillaba plaza se la quedaba hasta que necesitara sacar el coche. ¡Y gratis! Por aquel entonces nos parecía inconcebible que alguien quisiera cobrarnos por usar un recurso comunal. Pero tragamos, tragamos…”


- “No me habría importado vivir en esa época papá.”


En ese momento su padre lloraba como un niño parado ante un mostrador en el que se veía una taza de café vacía y un ticket a su lado que ponía: 1 café = 100 pesetas.


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